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noviembre 3, 2012 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

Una dura prueba para el país de las oportunidades

Los desastres naturales siempre traerán consigo no solo el desasosiego que causa un siniestro, sino además el dolor por la tragedia humana y la sensación de impotencia ante lo que parece un designio

Los mayores hablaban del huracán Donna que en 1960 llegó con olas gigantescas y atemorizo a los que tienen más de cinco décadas; luego, a principios de los 90 (en 1992), asoló Andrew.

Pues, Sandy superó a Donna y a Andrew, no solo en magnitud de daño (se calculan pérdidas por más de 25 mil millones de dólares), sino en previsiones de los ciudadanos, que estban avisados de lo que sobrevendría, lo que no fue obstáculo para que más de 30 personas, lamentablemente, hayan perdido la vida en esta prueba del fenómeno meteorológico más impresionante de las últimas décadas.

Sandy es un nombre casi infantil y que al escucharlo sugiere la imagen de una niña, de una adolescente. Pero no, este huracán responde realmente al apelativo bautizado por los meteorólogos, 'Frankestorm', con esta presentación ya se relaciona el pavor que se ha sentido en vísperas del Halloween, una tradición que va anclada con ese atractivo que tiene el terror.

Frankestorm mostró su poder y no solo que batió las olas gigantescas de la costa Este estadounidense, sino que arrancó árboles de cuajo, lanzándolos contra edificios y coches, viajó a 130 kilómetros por hora en un espiral de muerte que, debido precisamente a las precauciones adoptadas, no causó el fin para un alto número de víctimas, sin que se deje de reconocer que los 35 muertos sí hacen de la trepidante visita una tragedia importante.

La visión de los testigos no podía tener otra reacción que la estupefacción: la Estatua de la Libertad se vio rodeada por el agua agitada que subía varios metros; los bancos de los parques nueyorquinos desaparecieron engullidos por el agua o arrancados de su sitio, era visible que el nivel del mar había subido entre 3 y 3,6 metros, sobrepasando el récord que sentó el huracán 'Donna' en 1960. Los ventanales de los rascacielos temblaban o se partían al paso del hiperactivo temporal.

Y una de las contorsiones de Sandy fracturóla grúa de un rascacielos en construcción de la calle 57 Oeste y la dejó balanceándose en el aire, una amenaza que sembró terror en los vecinos.

En este caos que es el entorno de cualquier catástrofe, se vio el trabajo de ejército de Policía más grande del mundo, con 40.000 agentes, patrullaba las calles de Manhattan con mano de hierro para minimizar las víctimas, para evitar que esos arriesgados e inconscientes que quieren vivir su propia aventura no hagan sino agravar la tragedia.

La víspera que ya estaba cargada de vaticinios sombríos, las luces de las patrullas pusieron la nota siniestra en la oscuridad. Fueron sus mensajes por los altavoces los que hicieron estremecer a los residentes del Bajo Manhattan, que un poco habrán recordado el cuidado que se puso en la Zona Cero, el 11-S. «¡Está usted en la 'zona A', donde la evacuación es obligatoria. Tiene que abandonar esta zona antes de las siete de la tarde. Cualquiera que viole esta orden podrá ser acusado de un delito del 'tipo B'!», una desobediencia que en Nueva York se castiga con hasta 90 días de cárcel.

Un millón y medio de hogares de la costa Este conoció la tenebrosa oscuridad y el eco de las olas de viento. Se habían quedado sin suministro eléctrico. Los vientos huracanados tumbaron las líneas de alta tensión en más de mil kilómetros, desde Carolina del Norte hasta Maine, pasando por Washington DC.

En Manhattan, por previsión, la empresa ConEdison avisó de que podría cortar el servicio eléctrico, lo que minimizó el daño del colapso eléctrico. Para dar una idea de la magnitud de la paralización ciudadana, el metro de la ciudad que nunca se para suspendió el servicio desde el domingo para no dejar varados a sus 8,3 millones de pasajeros diarios.

Fue alló que quedaron como alternativa los taxis, cuyos conductores aprovecharon el desastre para subir las tarifas a precios abusivos, y hasta prohibitivos. Varios vehículos privados sirvieron a sus dueños y también ingresaron en la emergencia de trasladar a particulares.

Pero, no todo fue fluido. A las dos de la tarde del lunes, los túneles que conectan la isla con Nueva Jersey y Brooklyn empezaron a cerrar cuando el agua cubrió los carriles. Horas después eran los puentes los que quedaban cortados al tránsito. Poco a poco se fueron agotando las oportunidades de escapar de la ciudad fantasma. Al anochecer, un hombre de 30 años se convirtió en la primera víctima mortal al caer un árbol sobre su casa en Queens.

Los últimos en llegar bajo techo, es decir –en este caso- a los albergues fueron los vagabundos a los que llevó la Policía.

Para tener una mayor idea de lo poderoso que es 'Sandy' hay que señalar que es más de seis veces más grande que la extensión de nuestro Ecuador. Para precisarlo, si fuera un país, el meteorólogo Dave Hennen calcula que sería el vigésimo mayor del mundo. Dos veces el tamaño de Texas, que tiene casi 700.000 kilómetros cuadrados. Sus vientos huracanados afectan a un territorio de un millón 600 mil kilómetros y, por su presión atmosférica, no ha habido otro semejante.

'Sandy' dejará en partes de Maryland, Delaware y Pensilvania las mayores inundaciones del siglo y afectará a 60 millones de personas. Con más de 10.000 vuelos cancelados, EE UU no había visto tanto silencio en su espacio aéreo desde el 11-S de 2001. Como entonces, el presidente salió por televisión para reconfortar a su pueblo decidido a afrontar la tarea de la inevitable reconstrucción.

“Sabemos que va a ser una tormenta terrible, pero lo grande de EE.UU. es que cuando nos enfrentamos a tiempos tan duros como estos nos unimos”, dijo Barack Obama. Este momento no cabe hablar del tema electoral. Hay otras prioridades en la vida nacional norteamericana. Seguramente una prueba terrible, un reto para el país de las oportunidades.

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