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noviembre 3, 2014 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

Peón de ajedrez y enterrador de la Constitución…

Patricio Pazmiño, presidente de esa sucursal de Carondelet que es la Corte Constitucional, es un enterrador del estado de Derecho, un agente de las ambiciones “revolucionarias” y nos lleva a deplorar la desgracia que se cierne sobre nuestra patria. Es inadmisible que se halle al frente del tribunal que precisamente es el llamado a garantizar la constitucionalidad en nuestro país: la Corte Constitucional.

El tiempo nos ha dado la razón, se ha producido lo que temíamos: que en una forma desembozada se decidan a darle paso a las apetencias de poder infinito que tiene el capataz de Absurdistán. Pazmiño en vez de jugar para evitar que la inconstitucionalidad triunfe, se revela una vez más como un peón de la codicia convertida en “líder verde flex”: le pavimentó el camino que, gracias a una oposición valiente y a una opinión pública llena de entereza, estaba difícil, lleno de abrojos y que tenía un gran muro para los afanes de tener presidencia de por vida.

Muchos anticipamos que su probidad y verticalidad estaba a prueba, pero lo que se ratificó es que la desvergüenza del accionar que caracteriza a nuestra política supera largamente a la escuálida democracia. Y aquellos que tenían la remota esperanza de que Pazmiño no se decida a dar paso a las “enmiendas” correístas, se equivocaron. Un día antes del feriado, enterró la remota esperanza de que haya una gran demostración de constitucionalidad. Aprovechando la desconcentración de un pueblo que no conoce de los vericuetos que inventa el poder para allanar los obstáculos para seguir de inquilino y casi dueño del palacio, el peón Pazmiño demostró que es un eficiente servidor.

Pazmiño es un sujeto de poca credibilidad. Alrededor suyo hay una leyenda negra, sobre un no esclarecido cobro de cheque de Cervecería Nacional, a través de un abogado que jamás quiso enfrentar la aclaración. La naturaleza de su actuación debería ser conocida a nivel internacional, porque se trata del sistema que permite reírse de cartas magnas y toda clase de convencionalismos “que sí se los puede romper cuando el grupo necesita asegurar el poder”.

No ha existido en este desembozado acto la sobriedad elemental que exige demostrar que hay un respeto por la constitución aquella que reverenciaron los ecuatorianos que pensaban que con Correa renacía la política, la Constitución de Montecristi. La invulnerabilidad de esta constitución va durando mucho menos que decenas de otras.

No vamos a decir que Correa es el único gobernante voraz que quiere perennizarse en el sillón presidencial con los mismos ejes que se mueven en Ecuador. Los constitucionalistas de otros países ya han sufrido esta suerte de pesadilla, son testigos del mismo sistema empleado por el venezolano Hugo Chávez o el nicaragüense Daniel Ortega para dar la patada a la Constitución de sus respectivos países y convertir su supuesta capacidad de ser eternos presidentes en un Estado de Campaña permanente (así está aconteciendo en Ecuador).

Queremos recordarle a este hombre que hasta ahora no ha demostrado probidad ni independencia ante la voluntad de Carondelet, que su papel de es defender al ecuatoriano común y corriente, al país, de los posibles atropellos inconstitucionales, no es su rol allanarle el paso al patrón, porque no es el pueblo el que comete inconstitucionalidades.

Ya sabemos que Pazmiño recibe consignas, recibe órdenes. Muchos, muchísimos ecuatorianos han despertado a la realidad: el que fuera su héroe y que se hallaba en su altar personal y terreno, el economista Rafael Correa, no representa un gladiador limpio ni tiene aquello que se llama conciencia. Es capaz de muchas acciones antiéticas, como servirse de peones de ajedrez, para lograr sus propósitos.

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