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febrero 5, 2014 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

Nuevos tiempos de Torquemada

El ingreso de agentes militares, al servicio de Carondelet, a la casa de Fernando Villavicencio fue caricaturizado por el genial Bonil, de diario El Universo, en arte final publicado el último 28 de Diciembre, y ese episodio periodístico, en el que la forma no ha variado respecto a la realidad, pues el hogar de Villavicencio fue violentado con aprovechamiento de la nocturnidad y la ventaja aleve, ha sido condenado por la rápida acción de Carlos Ochoa, superintendente de Comunicación, al servicio de su alteza.

Ochoa debería enseñar cómo hacer una buena caricatura. ¿Tal vez lanzando loas y flores al paso de la caravana presidencial? ¿Tal vez ridiculizando al máximo a un opositor? (Aquí sí es válida la humillación y el distorsionamiento de la imagen, aquí sí es celebrada la ridiculización de los “contreras”). ¿Tal vez haciendo hablar a terceros sobre las maravillas de la revolucionaria gran Presidencia?

Lo cierto es que en Absurdistán (nombre dado a nuestro país por Presley Norton un veterano e ingenioso articulista, ya desaparecido), la buena gente no alcanza a comprender cómo el poder ataca con amenazas ulteriores que a los dueños de los propios medios, por permitir la mínima blasfemia contra el bipolar que pone vocecita de bueno cuando habla con los incautos y saca su verdadero rostro cuando tiene a interlocutores que no comparten sus grandes “ideales” (mantener a la revolución ciudadana y sus correligionarios, por 300 años en el poder).

Desde hoy en adelante, los tales caricaturistas deberán limitarse a hacer trazos respetuosos, límpidos y bien intencionados del intocable y sus ad láteres, Nada de que “la vena humorística del dibujante llevó a estos excesos”.

Quisiéramos saber si es que la noche que los uniformados al servicio de la Gestapo correísta llegaron a la casa de Villavicencio cumplieron con las normas sociales para pedir el permiso correspondiente a fin de examinar sus computadoras o si hubieron empujones y amenazas, cual lo estilan los amaestrados armados por un régimen de corte totalitario.

A este paso, el periodismo ecuatoriano va a perder la sagacidad y veta humorística característica de críticos con sentido de fina ironía. Nos cansaremos de ver plumillas que van mostrando el rostro de héroe del gran protagonista antes que la gran realidad de un entuerto a proporción de un observador cuidadoso de los episodios nacionales, como es el caricaturista.

Correa no sabe que pasaron de moda aquellos equipos periodísticos al servicio del rey, porque tales recursos humanos no son sino agnados y cognados muy cercanos al poderoso de turno.

Lo que sí decepciona, aparte de la carísima multa a El Universo, es que el periodismo dé grandes pasos hacia atrás con estos Torquemadas que lo único que hacen es poner cortapisas y límites a un género profesional que se caracteriza por la crítica.

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