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septiembre 11, 2012 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

No solo ser honrados, sino parecerlo

“Entre Marx y los bolsillos desnudos”, podría titularse una obra que tenga un remoto parangón con la notable obra literaria “Entre Marx y una Mujer Desnuda” de nuestro compatriota Jorge Enrique Adoum.

Es que en el caso de los bolsillos desnudos, Marx Carrasco y la Revolución Ciudadana se han encargado de exprimir a los pobres con un argumento sin consistencia, el pretexto del “impuesto verde”.

Al oír usted respecto a este tributo, no puede menos que pensar que se trata de una carga que sirve para rehabilitar a la naturaleza o para la purificación del aire, no está mal y calculamos que cada uno podría aportar con una suma entre módica y razonable.

Pero, en el caso de los conductores o dueños de los vehículos, especialmente de los vehículos populares, es muy oneroso pagar un impuesto que es caro, porque su costo es mayor que el de la revisión vehicular, la misma que sirve para que el automotor circule sin defectos que puedan afectar el ambiente.

El conductor tiene que realizar una inversión para que mejore la condición de seguridad, de presentación y de los gases del vehículo, a fin de que pueda aprobar la revisión.

Entonces, si al ciudadano le obligan a cumplir con un compromiso y paga para que a través de la revisión el vehículo afecte lo menos posible al medio ambiente, ¿cómo es que se inventaron el impuesto verde en los niveles que los revolucionarios consideran, es decir arbitrariamente?

Un ejemplo simple, podría hacer comprender un poco mejor esta visión: El Municipio exige que todas las discotecas tengan un control acústico riguroso que impida que el ruido se traslade al exterior (equivalente a la revisión vehicular).

Luego viene el genio de los números, que para felicidad del que rompe records de triunfos electorales y recaudación fiscal, señala que “¿qué le parece si vamos aplicando el impuesto al ruido (equivalente al impuesto verde)?”. “¿Impuesto al ruido? ¿Y cómo es que te tardaste en entregarme ese luminosa idea?” “En fin, jefe. ¿La aplico o no la aplico?” “Eso ni se pregunta, bien sabes que es para la “caja…”

Marx Carrasco sin duda estará orgulloso de cumplir con los cometidos revolucionarios que no hacen sino alivianar de fondos los bolsillos de los ecuatorianos. No se sabe con qué estudios decidieron aplicar las tasas, pero la revisión que tienen normas técnicas está alrededor de los 30 dólares y el impuesto, que no tiene ningún control técnico y seguramente se justificará con un par de documentales y fotos a sectores con buenos bosques, se dispara (en promedio) cuatro veces más.

Bueno, claro que resulta importante esta obra, pero ¿porqué presentarla como una tasa cara? Tasa que desequilibra la economía de los pobres que están ubicados en la clase media baja (que tienen vehículos anteriores al año 2000) y que ya hicieron su esfuerzo para cumplir con la revisión.

Esta revisión no solo representa el pago sino cumplir con lo que piden las casas especializadas, por decir nuevas llantas, fallas en el carburador, en las bujías, en las baterías, en la carrocería, inversión que le cuesta al contribuyente, para que una vez aprobada la revisión vehicular pueda circular.

La revolución ciudadana ha creado con puro publicidad la sensación de bienestar cuando éste no existe o es mínimo. Inferior al descontento. Ahora mismo, tanto el Gobierno central cuanto el Municipio de Quito se encargan de vender la idea de que el Metro es la obra decisiva en cuanto al transporte, pero el problema está en la política de encarecer la obra sin que haya control ni fiscalización.

Cuando el proyecto empezó, el metro iba a costar 800 millones de dólares. Luego han ido incrementando el presupuesto en sucesivas elevaciones de 200 millones de dólares: es decir, nos dijeron que costaría mil millones, mil doscientos millones y ahora, nos señalan paladinamente que 1.400 millones.

Respecto a esto, no hemos escuchado a la oposición poner en claro lo que ocurre en las esferas de los gobiernos central y seccional, puesto que ambos van a invertir (50% y 50%), en la obra. Es menester que ante la falta de fiscalización los partidos políticos, la sociedad en general, amén de los candidatos de la oposición impulsen la revisión rigurosa de los presupuestos que alegremente nos presentan los socios revolucionarios.

Según el Alcalde, Quito está feliz por la proximidad de la obra (faltan cuatro años y ahora solo se hallan en estudios). El Municipio nos da a conocer que el presupuesto general de la obra para la Fase 2 del proyecto será de 1.272,4 millones de dólares, mientras que la fase 1 demandó una inversión superior a los 64 millones de dólares.

“La construcción de la obra en su totalidad demandará una inversión de 1.400 millones de dólares, monto que será asumido en un 50% por el gobierno central y el otro 50% por la ciudad, a través de acuerdos con organismos multilaterales de crédito como el Banco Interamericano de Desarrollo BID, con 200 millones de dólares; Banco Europeo de Inversiones BEI que por primera vez realiza una operación crediticia en América Latina por 250 millones de dólares y la Corporación Andina de Fomento (CAF), con 250 millones de dólares”, nos cuenta el alcalde revolucionario.

El costo promedio por kilómetro representa 63 millones 636 mil dólares. Metro de Madrid se construyó a razón de US$ 30 millones por kilómetro; Bilbao, a un costo de 44.38 millones por kilómetro; Lisboa a 21.87 millones por kilómetro, y Barcelona a 15 millones de dólares por kilómetro.

Pero no es aquí, en el tema de los 1.400 millones que queremos detenernos, sino que Augusto Barrera señala que “inmediatamente se iniciarán los procesos de licitación internacional”.

Es decir, Barrera primero lanza un precio para de allí licitar. ¿No es al revés? No es a partir de la licitación que se conocerá cuál es el mejor precio que conviene pagar?

Poner los precios altos en la base de una licitación no hace sino encarecer automáticamente la obra, de allí que este sistema es susceptible de creer que se puede dar un arreglo entre los interesados. Los revolucionarios, que pregonan su lucha contra la corrupción, no solo tienen que mostrar las manos limpias, sino que deben parecerlo.

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