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diciembre 16, 2013 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

Michelle frente a otro tipo de liderazgo

El triunfo sólido de Michelle Bachelet en el ballotaje de Chile, confiriéndole por segunda vez la Presidencia de la República, revela ciertas notables diferencias entre la América de la supuesta rebeldía anti imperialista y la América de clima simplemente democrático, donde al parecer se imponen los elementos del raciocinio antes que los juegos de la exaltación sentimentalista.

La candidatura de Michelet, tan centrada, tan apegada a fundamentos de la coyuntura social e histórica del país de la Estrella Solitaria, hubiese lucido pálida y débil ante el bombardeo mediático de la revolución ciudadana (que se enseñorea en Ecuador), la misma que ha utilizado todos los recursos legales y de los otros para configurar un Gobierno ideal frente a las expectativas ciudadanas.

No creemos que a una candidata y menos Presidenta como Michelle Bachelet le hubiese quedado bien aquello de confrontar con la Policía, provocarlaa que haya reacciones de los elementos menos intolerantes frente a los visos autoritarios y luego concebir la idea de un rescate heroico para hablar de “un glorioso 30-S, el día que venció la Democracia”, siendo que fue un día negro para la historia del país.

El día que venció la Democracia resulta que murieron 10 ecuatorianos que estuvieron inmersos en la ola de desorden creada por alguien que debió mantener la cordura; que debió ser un estadista y que demostró todo lo contrario. Es ese famoso desliz de un presidente elevado a la popularidad a base de una propaganda megalómana el tema del que menos hablaron, del que jamás hablaron los otros candidatos a la Presidencia.

Los candidatos, en algunos casos devaluados por su propio miedo, pese a que hubiesen crecido precisamente por ser utilizados negativamente por el poder (caso Lucio Gutiérrez), hablaron de generalidades, de que trabajarían por la paz, la seguridad de la República, de que ”conmigo estarían mejor”, pero jamás toparon los puntos neurálgicos que Rafael Correa quería evitar a toda costa, y por eso se apresuró en “patentar” como algo exclusivo el término 30-S, como si no hubiese sido la Prensa la que acuñó a fin de sintetizar en un código la palabra completa, que seguramente en su fuero interno resulta ignominiosa para el señor que se pasea sobre la mediocridad política en Carondelet, en la Asamblea Nacional, en la Corte de Justicia, en el CNE, en el periodismo (porque ahora maneja la opinión), en el deporte (ahora le discute al Comité Olímpico Internacional su calidad de juez del presidente del Comité Olímpico Ecuatoriano); esa ignominia no solo que parece va a ser olvidada por el común de los mortales ecuatorianos, sino que va a pasar a la posteridad como un acto heroico de este protagonista de la gran lotería, la mayor lotería, ganada por ecuatoriano alguno, pues el pueblo ingenuo no ve problema en que tenga poderes absolutos.

Tras estos años de mediocridad política, donde un pésimo alcalde como el de Quito (Augusto Barrera) podría ganar solo por tener un color político y un padrino que mete la mano y las narices en un tema electoral, siendo que la Constitución prohíbe al Presidente hacer campaña o participar a favor de candidato alguno, seguramente los ecuatorianos se darán cuenta de lo nefasto que es dar un cheque en blanco a un solo político, que hace y deshace en el paisito que ahora le es un fácil subordinado.

Michelle Bachelet, como ocurre con Juan Manuel Santos (Colombia), Dilma Rousseff (Brasil), o el mismo Barack Obama (EEUU), es ese tipo de Presidentes que tienen escrúpulos frente a la posibilidad de hacer el ridículo o exhibir un liderazgo de milenario teatro romano. Entiende que trabajar por Chile no es tratar de aniquilar a la oposición sino respetar las diferencias políticas.

Si usted es de los que escuchan “las verdades” del país en las sabatinas, siga adelante. Lo que leyó aquí es una falta de respeto, un atrevimiento frente al Presidente intocable. Pensar o analizar es un grave perjuicio en contra de la revolución. La masa solo tiene opción a dejar hacer y aplaudir. O aplaudir y dejar hacer, total lo importante es que los incautos no se contaminen de quienes tratan de hacerles pensar, tipejos que hacen tanto mal a una revolución que ha captado todas las instancias del Estado.

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