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octubre 8, 2012 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

Los pecados de mis amigos no existen…

En una revolución tan diáfana como que es ilógico que exista una Asamblea que corche a la fiscalización; un socio de pacto clandestino, Abdalá; un juez servil,Juan Paredes, un contratista de Estado de apellidos Correa Delgado; un pendrive compartido,ChuckySeven; una fecha que es prohibido olvidar, 30-S, un beneficiario de gran préstamo sin garantías, Gastón Duzac.

En Ecuador no hay esa revolución transparente (ninguna llega a serlo, pero ésta menos)y si a usted, al empaparse de tanta trafasía revolucionaria le han convencido que todo eso es un invento del periodismo corrupto, sabemos que estamos hablando, con el perdón del grado de instrucción que cualquier distinguido tiene, con un humilde ciudadano que escucha atentamente las sabatinas del grandilocuente.

En tales sainetes se habla del desayuno en Milagro, de la noche social en Nobol o del insulto al nuevo periodista cabeza de turco en Alangasí, pero jamás se hace una autocrítica sobre las serias denuncias que enfoca el periodismo independiente, el cual más bien le sirve de linterna (para ver las fallas del Gobierno y sus colaboradores) antes que de obstáculo como su señoría quiere creer.

Es gracias a este periodismo, que no recibe el cheque de su majestad, que el pueblo puede conocer los jinetes de la corrupción que sigue campante por los valles de esta ínsula. Porque, si se tratara de El Ciudadano o de El Telégrafo, ¿cree usted que se sabría algo del nefasto préstamo realizado por Cofiec a uno de los grandes amigos del primo presidencial?

Sin embargo, es a esta prensa vilipendiada y adjetivizada, dentro de lo negativo, que constantemente persigue el poder. No se olvide que a su turno han sido estigmatizados: Teleamazonas, La Hora, El Universo, Radio Democracia, El Comercio y ahora Vistazo.

En este último caso, llama la atención poderosamente que la renovada justicia de la revolución ciudadana y el socialismo del siglo XXI, a través de un servil Tribunal Contencioso Electoral condene a la revista Vistazo por la publicación de un análisis sobre las preguntas de la Consulta dos días antes de la consulta popular del 7 de mayo de 2011. Le condenan a la paga de 80 mil dólares.

El grave error del magazine guayaquileño fue realizar el análisis sobre preguntas de las que necesitaba conocer el ciudadano común que no está interesado y solo se basa en la andanada publicitaria oficial, que se supone iba a lanzar una Consulta sobre Seguridad

Pero también en similar fecha (el 5 de mayo), El Telégrafo publicó el artículo de opinión ‘La cofradía negativa’ de Fabrizio Reyes De Luca, en el que se pronuncia a favor del Sí, al menos en cuatro preguntas; e, inclusive la víspera de la Consulta, el 6 de mayo el artículo ‘Mi voto, mi justificación’, de Sebastián Vallejo, en el que se pronuncia por el Sí en nueve preguntas. Para rematar, ¡el escrito principal de El Telégrafo del día 6 llama a votar “Diez veces sí”! Las normas indican: ni a favor ni en contra; pero en este país dividido solo aquellos que razonaron por algún “No” son condenados.

Es decir, la Justicia y el Gobierno no miden los hechos con el mismo rasero. Todo lo que involucre a los amigos hay que juzgar con guante blanco y lo que concierne a los opositores hay que juzgar “con todo el peso de la Ley”.

En otras palabras: “Los pecados de mis amigos no existen y las faltas de mis críticos tienen que ser condenadas con todo el acero de nuestra justicia”. Ante esta falta evidente de garantía judicial no se puede esperar sino que El Telégrafo o El Ciudadano saquen tranquilamente la propaganda gubernamental el 17 de febrero, puesto que tienen la venia de la justicia y ésta tiene la venia del mandamás.

Justo cuando ingresamos en una etapa electoral nos tememos que muchas cosas más se manifestarán para corroborar que la Corrupción avanza en este territorio. En realidad, desde hace más de 2 años se le cayo la máscara de la honestidad a buena parte de esa entelequia que llaman “revolución”, es decir mucho antes de que nos hayan puesto en escena el "rescate a un secuestrado" o hayan metido la mano a la Justicia.

Y, todos aquellos que niegan lo evidente, que pese a la documentación vasta de los investigadores etiquetan de corruptos a quienes los descubren como tales, seguramente en el camino ganaron algunas batallas con la treta de un verbo que puede convencer a los impreparados, pero la batalla definitiva, la toma de lugares estratégicos como las legiones de ciudadanos que han ido descubriendo la verdad, la están perdiendo.

Seguramente la visión sobre honestidad de personas que no se mueven un ápice de la actitud de negar lo irrefutable adolece de todos esos vacíos, de todas esas lagunas, propias de una formación defectuosa en lo familiar y en lo social, pero no todos podemos aceptar la baja nota anticorrupción de un Gobierno que sembró tantas expectativas. Hace rcoincidir, por ejemplo, el desfile de "los más honestos" justo con la ebullición del caso Duzac significa que están fallando sus estrategas en los tiempos y en los cinco sentidos. Ellos siguen creyendo que "los ingenuos se multiplican". Pero, sucede todo lo contrario.

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