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agosto 28, 2012 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

Las excesivas ganas de habitar en el palacio

En Venezuela ha ocurrido una gran tragedia. No la del incendio y explosión de la refinería, precisamente, aunque haya sido la causa de la muerte de 41 personas, sino las expresiones equivocadas, propias de un aspirante de dictador, proferidas por el comandante en jefe.

Hugo Chávez se atrevió a decir que si ganara Capriles, se produciría una guerra civil, porque ni el pueblo ni el Ejército aceptarán el triunfo del “polaco” (esto porque Radonski, el segundo apellido del candidato opositor venezolano proviene de Polonia).

Muy lamentables las expresiones de quien no las tiene todas consigo. Como no tiene porte de demócrata y menos de estadista, Chávez no sabe que la simple expresión soberana de la emisión del voto ya significa libertad de elegir y el documento habilitante para cualquier futuro gobernante.

El militarote no tiene por qué interpretar lo que piensan el pueblo o el Ejército, más allá de lo que revelen las votaciones, único factor para llevar adelante una transición democrática. Discutir un triunfo electoral versus lo que quieren “el pueblo (chavista) o el Ejército”, solo es apelar a los más abyectos intereses de un político, porque la guerra civil solo significa muerte y la destrucción de un país.

En Ecuador no se ha producido abiertamente esta amenaza, pese a que el gobernante suele hacer planes a largo plazo, pensando que tiene comprado el puesto o dando por descontado que cuenta con el favor del pueblo. Claro que si las elecciones ecuatorianas se hicieran en este momento, ganaría el candidato oficial, porque es el único que está en gran campaña, de lo cual nada dice el Consejo Nacional Electoral. Es decir, no se daría una sorpresa.

Pero, las elecciones son el 17 de febrero de 2013, es decir hay tiempo para torcer el favoritismo del hombre de la camisa bordada que más se debe a la mega propaganda oficialista y a la ausencia de candidatos decididos a lanzarse, con excepción de Guillermo Lasso, un precandidato de centro, que según su discurso abomina los extremismos, está situado emocionalmente en el centro, de allí que no se lo escucha horrores tan monumentales como “vamos a hacer vigilia para evitar que quieran competir partidos que tienen exceso de firmas falsas”. Y resulta que el CNE, dentro de sus listas de por sí ensombrecidas por algo ilegítimo puso a Alianza País entre los partidos que tiene un alto número de firmas falsas.

Este “vamos a hacer vigilia”, que significa vamos a jorobar la vida, porque siente mucho gusto en desembarazarse de fuerzas políticas que le son sospechosas de hacerle la vida a cuadros a su Alianza País, también significa que tiene autoridad para presionar y mandar en el poder­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­ electoral, al igual que ya demostró que tiene ascendencia sobre los poderes legislativo (son unos corderitos para él); judicial (son capaces de firmar juicios de mil fojas mañana a las seis de la mañana, para que llegue a tiempo a usía); constitucional (son hábiles para darle ropaje legal a la dictadura en el sistema electoral, cerrando la boca a periodistas, y amarrando las manos hacia atrás a los adversarios políticos, para que la información sea “igualitaria”).

Hay algo menos de seis meses para que los candidatos se presenten ante el veredicto de los electores y Correa se desenvuelve en los elevados porcentajes de aceptación del 49%, siendo el voto duro del 31%, (es decir una cosa es pensar que Correa es una buena opción y otra ser un seguidor de voto seguro); por lo cual, respecto a la simpatía en sí que despierta Correa con sus toneladas de propaganda, en tiempo electoral no tiene garantía de triunfo, porque podría surgir un candidato sorpresa, que aún llegando en segundo lugar representaría un gran peligro, puesto que en la segunda vuelta lograría catalizar la votación de toda la oposición.

Estamos viendo que Correa maneja la campaña, en este caso pre campaña, como lo hacía Abdalá. Es decir, fomentando grandes escándalos en vísperas del lanzamiento, y valerse de ellos para tener presencia mediática, que de ser posible cope el escenario internacional (Caso Assange).

Ah, y mostrarse a través de entrevistas en las que difiere su habitual forma superficial y plasma un estilo casi académico para lograr que se hable de él en términos de que se trata de un hombre versado, por eso es que lo que la prensa diga de él es mentira, puesto que se ignoran sus deslices en tanto se difunden sus mejores intervenciones.

Mientras la gente se pone a discutir cuál es el verdadero Correa, los otros candidatos podrían pasar sin pena ni gloria si es que no existieran señales que permite advertir la intentona, esto es que el candidato oficial, con “bajarles el perfil” (volverles grises, discretos, casi invisibles) ya les tiene, aparentemente, ganada la guerra.

Pero este es el ideal del habitante de Carondelet, anular a sus contrarios, volverles poco menos que anodinos. En cambio él, con su mente brillante y su corazón ardiente es capaz de convencer al más apolítico de los que se hallen frente a las urnas.

Todo esto obliga a que el probable contendor de segunda vuelta lleve adelante su estrategia con firmeza, pues las medias tintas, las generalidades y los lugares comunes, no harán sino favorecer al bocazas de nuestra política.

A nuestro juicio, la dura lucha de la segunda vuelta tiene que ver con aquello que Correa ha prohibido al país: hablar del 30-S, Chucky Seven, Gran Hermano. Correa no tiene argumentos sólidos para convencer en estos campos que tiene la razón.

Justamente llama corrupto al periodismo que ha denunciado todos estos entuertos, ergo el candidato que se presente al examen final del ballotage va a recibir adjetivos, pero mientas mantenga sus tesis con fundamentos, mientras haya reunido en estos cinco años el memorial de monumentales yerros correístas, los tales adjetivos volverán a llover pero otro es el que saldrá perdiendo en estos terrenos.

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