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agosto 2, 2013 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

La tiranía que surge desde abajo

El Sumak Kawsay o el buen vivir que practica la revolución ciudadana es un concepto muy válido, en materia de igualdad de oportunidades y superación de la calidad de vida de toda la colectividad, pero estamos viendo que ese ideal es aplicable solamente a los soldados de esa revolución y mucho más a sus generales y comandante.

Las ventanillas públicas tienen ahora un aviso o más bien advertencia que dice: “Todo aquel que obstaculice o interfiera en la labor de un servidor público o fomentara un incidente, una discusión o le mirara con desprecio, será objeto de prisión inmediata por ocho días”.

Estamos de acuerdo que el ciudadano debe respetar al servidor público, que no debe llevarle al límite con presiones innecesarias que lo único que hacen es entorpecer su labor. Pero, de allí a colocar entre las razones para establecer una condena “mirar con desprecio” puede ser leído o interpretado a voluntad por elementos que toman la decisión de atender con un libre albedrío extremo en un puesto de servicio público.

En los diferentes países, los servicios estatales a menudo presentan limitaciones y la relación interpersonal entre empleado público y usuario llega a diferencias entre las partes, por lo cual una queja, una recomendación e inclusive una crítica, según la gravedad de la presunta mala atención, llega a producirse, pero en tiempos de esta magnífica revolución esto no es posible pues puede significar obstaculizar la labor del servidor público.

Obviamente que no estamos propiciando la aparición de visiones críticas negativas o que se produzca una fiebre de protestas, estamos considerando que el gobierno le está dando al empleado público el poder de decidir si alguien amerita prisión por haber quedado “mirando con desprecio al servidor”…

¿Cuántas veces un ciudadano mira con reprobación ciertas actitudes del empleado que le atiende en ventanilla, en una casa de salud nacional o en un transporte público?

Queremos creer que estamos equivocados. Que hay un servicio eficiente en todas las áreas del servicio estatal, que la gran mayoría de empleados de Estado tiene conciencia de sus limitaciones para intentar seguir adelante y superarse, por lo que muchos dudarían en atenderle.

“Si alguien mira con desprecio a un empleado público, tiene que ir a parar en la sombra por ocho días”, según artífices de la revolución, que de esta manera blindan a sus soldados de cualquier reacción airada del público. A éste solo le corresponde estar callado, aceptar el bueno, malo o regular servicio, ¿mirar con desprecio?, ni locos.

El problemas es que no todos los interesados en calificar la actitud del público están en capacidad de calificar que fueron “observados con desprecio o simplemente hubo una mirada de reprobación”.

Varios dramas se pueden estar produciendo en las ventanillas del servidor público. Si éste decide que lo miraron mal o que algún usuario pretende hacer notar que hubo un mal servicio, al parecer también está en capacidad de emitir “un veredicto”, sobre si fue mirado con reprobación o desprecio.

Algunos de estos empleados, especialistas en negligencia, pero también tan buenos jueces como Juan Paredes, el que sentenció a El universo a pagar 40 millones de dólares al Mashi, tienen en sus manos la posibilidad de acusar de que fueron objeto de una mirada de desprecio. Suficiente para un castigo de ocho días tras los barrotes.

Es decir, usted lleva las de perder. Si decide quejarse de alguna negligencia del empleado público, aténgase a la consecuencia, porque puede ser calificado como el tipo que miró con desprecio al “diligente servidor”.

Cuidado, el Estado no puede hacer de la actitud libre y civilizada, de cualquier ciudadano que exige mejor servicio, una necesidad de escarmiento tras los barrotes, castigo pedido por quien justamente fue criticado por determinadas limitaciones en el trabajo, en la capacidad de servicio. En el tiempo de la revolución ciudadana, está prohibido que los ciudadanos se expresen libremente. Si lo hicieren y eso significara una molestia para el bueno del empleado público, tengan la seguridad que éste mandará a aprehender al atrevido. El Sumak Kawsay y sus beneficiarios.

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