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agosto 18, 2015 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

La marcha contra un tirano ambicioso

La marcha de los indígenas, los sindicalistas, los jubilados y unos cuantos políticos que tuvieron la contraseña para alternar con aquellos llegó a Quito indetenible, e insobornable. Tuvo que rebasar no solo las distancias entre sus ciudades del sur del país (los del norte empezaron algo más tarde que los primeros) y la metrópoli política, sino la serie de obstáculos colocados en el camino por un Gobierno que pensaba que le habían jurado lealtad y amor eterno así cometa desafueros y así maquille con marketing oneroso la verdad de sus monumentales yerros.

Las multitudes que poblaron el centro de Quito y que llegaron a la Plaza de Santo Domingo se dirigieron sin apremios, pero con decisión a la plaza que conecta el centro y el sur de la urbe, todos con la estridente consigna: “No más prepotencia, no más impuestos, no más corrupción, no más mentiras… ¡fuera Correa, fuera!”.

Las frases dedicadas directamente al personaje que intentó escapar de la protesta nacional con un supuesto viaje a Surinam, le hirieron en su amor propio, en su sensibilidad de monarca rodeado de aduladores, leales (mientras dure el poder), en su convencimiento de que tiene las credenciales privilegiadas de gobernante vitalicio, como Strossner, Franco o Somoza.

Ensimismado en Carondelet, mirando en su intimidad los canales de televisión independientes (porque las cadenas gubernamentales obviamente maquillaban la realidad con la población de sánduches y colas que estaba en la plaza grande), debió reconocer que en política no hay amor eterno y que desde luego debe gastar varios millones más en convencer que el suyo es un gran gobierno y que no hay necesidad de hacer paro.

Y entre los millonarios desperdicios estaba un spot que decía a través de leales que habían recibido los favores oficiales: “¿Cómo voy a unirme al paro si mi presidente hizo el puentecito…? ¿Cómo voy a juntarme con la chusma opositora si mi presidente hizo el hospital? ¿Cómo voy a plegar al paro si el gobernante supremo nos hizo libres?”.

Y, claro, tanta emotividad era capaz de conmover al que no estudió y era capaz de causar hilaridad en los que sabemos que un spot no es sino una propaganda interesada, que alguien pagó. Desde luego, el que pagó para convencer que no abandonen sus casas los cuatro pelagatos, es el mismo interesado en seguir gobernando de por vida… ¿O eso pagó Juan Pueblo?

La gente ya está al tanto que existen dos Correas: el que tenía el barril de petróleo a cien dólares, generoso consigo mismo (necesito otro avión, necesito más ministerios), alegre, desafiante ante el futuro, porque tenía las arcas llenas, y el que tiene el petróleo a la mitad y que no atina cómo hacer para llenar la gigantesca canasta del inflado presupuesto del Estado, inflación creada por él mismo, dilapidación de los fondos nacionales por no saber prever que el petróleo podía bajarse en cualquier momento.

Y el hombre que según los spots representa una mayor libertad es una caricatura y a la vez un drama: prohíbe que la gente compre cocinas a gas, no sabemos qué negocio hizo con los distribuidores de cocinas de inducción que él, pese a que sabe que son prohibidos los monopolios, fomenta el monopolio de la venta de cocinas de inducción que además, pese a que su venta está asegurada para los futuros hogares y por el consecuente desgaste de las cocinas a gas, está desesperado por vender entre tres y cinco millones de aquellas. ¿Dónde están los fiscales que quieran despejar la sospecha del negociado? Vemos, que pese a la prohibición de las ventas de las cocinas tradicionales hay una archimillonaria campaña por las cocinas de inducción. Inclusive en los segmentos sobre “obras del Gobierno” se ven las propagandas cada una más ingeniosa que otra, para fomentar en nuestra mente el “no hay más remedio, yo quiero una de esas”. En el segmento “Viste ¿Cómo se hace?”, ya han repetido diez veces sobre las bondades del producto. Hay una docena de sabatinas dedicadas a tan vital producto. Es como si el gran promotor estuviese desesperado por convencer y no habiéndolo logrado no le importa que la propaganda sea exagerada, excedida y en horarios de triple A.

Nunca se ha visto a un Presidente dedicado a comerciante y más aún a prohibir la compra de los demás productos a que compren obligadamente el suyo. Esto que está pasando no es Constitucional. Los comerciantes de cocinas de gas se sienten impotentes para enfrentar todo el aparato gubernamental en un país sin libertades.

Por todo esto, porque quiere llevarse el pastel inmerecido de los patrimonios familiares, con impuestos confiscatorios a las herencias, porque quiere perennizarse en el poder así diga lo contrario la Constitución de Montecristi, este gran hombre, un sujeto al que juzgará la historia como el mayor ambicioso que ha nacido en nuestras tierras, merece no solo el paro, sino que se convierta en sentimiento nacional el ponerlo en su lugar a través de la Consulta Nacional, que lamentablemente tiene el obstáculo del propio correísmo, lo que lleva a enarbolar una consigna que solo es el resultado de una serie de ignominias provocadas por el actorazo de la actual tragedia nacional: “¡fuera Correa, fuera!”.

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