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agosto 2, 2013 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

La ingenua oposición vs. Los amigos de Carondelet

El error de la oposición es creer que va a recuperar su espacio haciendo una política ortodoxa y plana, cuando el electorado ha demostrado que el hombre que ofreció acabar con la partidocracia hace la campaña como concibe el ecuatoriano común y corriente (que es plano, ingenuo y falto de preparación): es decir haciendo lo contrario de lo que hacen los políticos comunes, campañas sosas, con presunto gran respeto a los adversarios, con miedo al qué dirán si ponen una cuña ingeniosa o hacen una declaración “bomba” y sin atreverse a desafiar alguna de las disposiciones del Consejo Nacional Electoral. Esto es una campaña llena de vericuetos, sobresaltos, promesas nacidas en puro idealismo, mítines con derroche de camisetas, banderas, artistas, todo como si fueran pudientes, como si fuera la campaña de Bill Clinton, solo que los discursos son socialistas.

La partidocracia rompió su cordón umbilical con la estabilidad al propiciar tres golpes de Estado al hilo, en contubernio con presuntos movimientos sociales, que no solo movieron a grupúsculos de poca devoción a las democracias, sino que son especialistas en la demanda de colas, sánduches, camisetas y alguna cosa más que se les pueda aflojar a los caciques. Entonces, se comprende que socialcristianos, naranjas, demócrata populares y emepedistas que celebraron la caída de Bucaram y de Gutiérrez (la de Mahuad la celebró auténticamente el pueblo, pues tuvo la protección de la partidocracia), se encuentren en peligro de extinción, pues están pagando caro sus errores, al haber adoptado la piel golpista.

El electorado nacional, que se cansó de las desventuras de la partidocracia, desde luego estaba esperando un hombre que difiera en su quehacer político y no se parezca nada a los partidócratas aquellos, por eso cuando vino un candidato que ofreció una “asamblea constituyente con plenos poderes”, la gente aplaudió, creyó encontrar la solución a los problemas y dejó que el hombre avance en su proyecto sin trabas y con sus campañas pomposas. Y, obstáculos no tiene hasta ahora, a seis años de haber llegado al poder.

Carlos Vera Rodríguez, aquel periodista que se consideraba la última palabra en su profesión, fue uno de los que más apoyó al mandatario, y uno de los primeros que aprendió que se estaba convirtiendo en el apologista de un bipolar. Sí, amigos, Rafael Correa es un buen amigo, un caballero de buen talante hasta que usted no le hace una mínima críticas.

Si ésta aparece, se comporta con un giro al otro extremo, es decir se vuelve un intenso perseguidor y le aplica eso que él atribuye a la prensa: linchamiento mediático, sí… Créanlo, ellos han padecido este mal. Lo han sufrido el mismo Carlos Vera (que ahora es casi nadie en la zoología política), Janet Hinostroza, Jorge Ortiz, Emilio Palacio y otros comunicadores que han tenido el atrevimiento de criticar, hacer observaciones, discutir al perfecto régimen.

Ahora, con la Ley de Comunicación, ¿consideran ustedes que habrá críticos del popular gobierno de Correa? O, ¿sobreviran solamente los periodistas que se convierten en caja de resonancia de los medios públicos, que seguramente “facilitarán” la información? Pongamos por caso, el tema del Metro de Quito, que parece interesar tanto al Alcalde de Quito como al Presidente de la República, ellos nos van a informar lo que han gastado en distintos tramos, el estudio de suelos a, en la sub obra b, en el pago de salarios a obreros c. No habrá opción a réplica o a sembrar dudas, ellos constituirán la última palabra y habrá que creerlos, puesto que con la “Revolución Ciudadana vamos a un Estado de Derecho y no de opinión”.

Sin embargo, dése el gusto de escuchar las sabatinas, allí sí el Presidente tiene el derecho de opinar. La opinión ocupa el 70% del espacio. La información está saturada de conceptos, adjetivos, críticas. Los supuestos enemigos son arrasados y son objeto de verdadero linchamiento mediático.

Nos vamos a preparar a esta nueva etapa “democrática” y la campaña para elegir alcaldes será una muestra del “nuevo orden de la comunicación (que solo tendrá un ángulo electoral)”. Ya nos imaginamos al dueño de Rafastán empujando Augustito Barrera, que pese a las críticas por su mediocridad (no bueno, sí dicen que alegran a la ciudadanía los “boulevares” aunque no haya vías), tiene la condición de amigo de Carondelet. Gran carnet.

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