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junio 20, 2012 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

La hora de poner en el blanco a periodistas

El llamado país profundo resulta ser no solamente aquel donde los mandatarios, el poder público se sienten impotentes de llegar, sea porque están en una hondonada, en una montaña de difícil acceso, en una barriada cuyos habitantes carecen de escuela o tienen agua solo por litros a la semana.

Hay más. El país profundo también es aquel que, a la inversa, tiene todo el acceso al conocimiento de lo que hacen los poderes públicos, a través de las cadenas de televisión, de los periódicos, revistas y correos provenientes de la casa de gobierno, pero desconocen el otro lado de la noticia, la concepción crítica sobre obras que pudieran estar mal hechas o resultan caras, o sobre la disputa cotidiana del Presidentecon sus opositores y quienes constituyen las voces críticas.

O, igual desconocen, sobre los grandes errores de quienes dirigen el país, del propio Presidente, como acudir a un recinto policial sin ser llamado, y pregonar luego que hubo conspiración para sacarlo del poder y aún matarlo.

En el Ecuador profundo lo que digan los periodistas, los políticos “de segunda”, las víctimas de un modo de gobernar que puede ser autoritario (esto desconocen ellos) pasa a ser un hecho anónimo. E, igual, los protagonistas de la protestas, pasan a ser unos fantasmas.

Las más de las veces los desconocen o a veces los identifican remotamente, por breves segundos, porque ellos pasan a ser los antihéroes de la historia. Estos personajes no están en la memoria de la gente, por el contrario, a través de contundentes cadenas su excelencia los demuele, semana a semana. Hay que seguir escuchando lo que dice don Presidente porque está interesante como les ha arrinconado a tanto sujeto que se creía por encima de nosotros.

Juan Pueblo ni siquiera conoce quien es Gustavo Cortez, pero a partir del sábado, el editor de El Universo pasó a ser un villano. Allí estuvo, el Presidente presentó en pantalla gigante su rostro, su fotografía. Acciones que podrían ser consideradas por la Cosa Nostra, como ponerle a una figura en el centro del blanco.

Gustavo Cortez es un periodista honesto que no tiene la culpa de reflejar sobre la realidad del país. Tampoco es culpable de que los funcionarios públicos, desde el Presidente hasta el sustituto de una tenencia política olvidada contribuyan con sus acciones para la noticia.

Sin embargo, el Presidente pretende estigmatizarlo. Ya ocurrió con Jorge Ortiz que recibió un palazo de un fanático. Y en número de fanáticos el Presidente puede tenerlos, ya que no se puede creer que todos los que están en las marchas y se adueñan de las plazoletas sean indiferentes al mensaje del poder: este tipo me está molestando.

El Presidente, del que nuestra humilde opinión le pone un solo término, inmaduro, no mide las consecuencias. ¿Qué tal si le dan por atacar sus seguidores a Gustavo Cortez? ¿Qué tal si a uno de sus simpatizantes (del Presidente) se le va la mano y deja malherido a un padre de familia, a un ser humano?

No se sabe que tanto importa al Presidente la honra de las personas, pero estamos convencidos que sí le importa la integridad física de un ser humano. Por lo mismo, debe abandonar esas prácticas que le quedan bien a la mafia, de ponerle entre los más buscados a periodistas.

Lucio Gutiérrez, que también tiene unas neuronas de inmaduro, igualmente corrió peligro, cuando el señor Presidente le inculpó de algo tan grave como la revuelta policial, ripostando como un adolescente, sin señalar claramente lo que está sobreentendido, su inocencia en el 30-S.

El coronel se vino desde Brasilia, “a dar la cara” y también dio un discurso provocador. ¿Qué tal si a uno de los garroteros se le ocurría romper el parabrisas de su carro y luego ponerlo a merced de otros sujetos lombrosianos que le hubiesen exterminado?

El Presidente dirá que él no es así, que jamás daría la orden de eliminar a alguien, pero lo que estamos diciendo es que él no puede controlar a tanto fanático que es capaz de cualquier acción para pretender contentar a su “jefe”.

El monstruo de mil cabezas no solo está en los estadios o en los escenarios artísticos. También rodea a los políticos y, desde luego, muchas veces es inmanejable.

El Presidente debe evitar poner en sentido de estigma los rostros de los ciudadanos comunes y corrientes que se ganan el sustento con actividades profesionales claras.

Por el contrario, la política gubernamental debe apuntar esta práctica hacia otros lados. Como decir, debió aparecer el rostro de quien condujo la narco avioneta que ingresó el día que jugaron Argentina y Ecuador, y de la cual ya sabía José Serrano de su llegada con algunas horas de anticipación. Son esos los personajes que deben ser denunciados.

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