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mayo 10, 2012 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

Espíritu de cuerpo y asociación ilícita

Ser cómplice o encubridor de una acción nefasta a la postre no hace sino dañar completamente la imagen de un cuerpo como el Ejército, que ha vuelto a estar involucrado en una acción desalmada. Si hace unos días nos habíamos sentido impactados porque unos conscriptos se habían fotografiado junto a un perro decapitado, cuya sangre habían bebido, ahora hay bases para sentir horror cuando un sujeto, abusando de su uniforme, bajó del balde de una camioneta que servía para la patrulla a tres jóvenes a los que asesinó.

El problema es que este elemento criminal, un sargento del Ejército, estaba acompañado por siete compañeros.

Tras las investigaciones realizadas, la Fiscalía informó que el patrullero CO-2-006, de la Corporación de Seguridad Ciudadana de Guayaquil (CSCG), en uso de la Fuerza de Tarea Conjunta, registró en su sistema de rastreo satelital (GPS, por sus siglas en inglés) que estuvo en un sector cercano al sitio donde encontraron a las víctimas.

El comandante de patrulla y los siete militares de tropa que estuvieron a cargo del recorrido de control de armas y delincuencia el día del crimen fueron retenidos para investigaciones y trasladados a la Policía Judicial (PJ), tan pronto como se detectó que estuvieron con su vehículo en el sitio del crimen.

Eran los ocho militares que el pasado 7 de abril habían detenido a las tres víctimas en la cooperativa Sergio Toral, en el noroeste de Guayaquil, y asesinado y abandonado sus cuerpos en el recinto Chongoncito de la parroquia Chongón.

El fiscal Julio Vácasela, quien investiga las muertes de las víctimas de la atrocidad: Walter Olmedo Tapia, de 22 años; Julio Avilés Buris, de 22; y Pedro Castro Laje, de 38. Dijo que para él “todos tienen la misma culpa”.

Bueno, está bien que todo el rigor de la Ley recaiga sobre quienes cometieron o fueron cómplices en el triple crimen, pero por supuesto que hay que ser selectivo a la hora de la condena, cuando parece que el móvil de la masacre fue la venganza.

Lo raro es que el culpable, el sargento Óscar Sánchez Miño, no figuraba en la lista de la patrulla que cometió el delito. Los ocho nombres que estaban en la lista fueron: el subteniente Nicanor Félix Gonzabay Mero, quien según la primera versión estuvo acompañado por los cabos Luis Alberto Naranjo Verdesoto, Julio César Cumba Gavidia, Luis Iván Valdez Obregón, Jerson Oswaldo Barragán Guzmán, Carlos Alberto Estupiñán Sandoval y Daniel Eduardo Chóez Solís.

Se desconoce en qué momento aparece el nombre del autor de la matanza (Sánchez Miño), perpetrada en el sitio Chongoncito. Las sospechas contra la patrulla militar recayeron después de que el GPS de la camioneta los ubicara en ese recinto.

“No toda la responsabilidad va sobre el sargento Sánchez, la tiene el grupo, pues ninguno trató de impedirlo”, manifestó el fiscal Julio Vácasela, quien investiga las muertes de Walter Olmedo Tapia; Julio Avilés Buris; y Pedro Castro Laje.

Tras una seria investigación, tras este suceso que ha indignado a los ecuatorianos, la confesión del cabo primero Carlos Estupiñán Sandoval, dio luces para inculpar al sargento Óscar Sánchez Miño como el autor de los crímenes.

Hace unos pocos años, era excepcional la noticia sobre desafueros de militares y policías, pero ahora resulta que los mismos se muestran permeables al caos social y también son vulnerables hasta el grado de cometer lo que cualquier banda de antisociales.

Según el relato de Estupiñán Sandoval: los soldados, tras detener a sus víctimas, fueron por los carriles, por la vía a la costa, “luego llegamos a un lugar oscuro y desolado, la camioneta paró; cuando ya había bajado al primero, mi sargento se metió a los matorrales y se escuchó el ruido de un disparo, y regresó enseguida riéndose, y se le preguntó qué pasó, donde él contestó que nada”.

Pero, el criminal no paró allí. Lo mismo hizo con el segundo, según el testimonio. “Volvió a la camioneta y bajó a la persona que se encontraba en medio del balde, y mi sargento Sánchez se lo llevó a los matorrales y asimismo se escuchó un disparo, regresando mi sargento sonriente, y se le preguntó qué pasó y volvió a sonreír y dijo que no pasó nada”.

Para rematar esta historia de crueldad, Estupiñán contó que Sánchez le pidió que asesinara al tercero, Pedro Castro, alias Cucaracha, quien resultó que era su amigo. “Me dijo: ‘Toma y mata a tu amigo’, yo le respondí que no, que yo no lo comparto; se llevó al tercero que era mi amigo, se escuchó un tiro y regresó enseguida...”.

En busca de un atenuante, el testigo declaró que él y sus demás compañeros que estaban en el balde de la camioneta jamás imaginaron que Sánchez había asesinado a los jóvenes, pues nunca escucharon gritos.

No solo Estupiñán dio testimonio de la autoría del triple crimen. El cabo primero Luis Valdez Obregón declaró que cuando todo terminó el sargento Sánchez dijo al grupo que había disparado para que los retenidos salieran corriendo. Los testigos Estupiñán y Valdez dijeron que inicialmente no confesaron el crimen porque se sentían presionados por Sánchez. ¿En el Ejército les enseñan a callar sobre las ruindades de sus superiores? ¿Dónde estuvo esos momentos el subteniente Nicanor Félix Gonzabay Mero, quien figuraba como jefe de la patrulla? El 7 de abril volvió a mancharse de sangre la imagen de una institución. El espíritu de cuerpo no puede servir para hechos extremos. De lo contrario se va a llegar a atrocidades sin límites. A escenas sangrientas. El cobarde crimen parece un episodio de los Zetas, pero puede pasar al olvido e inclusive repetirse si el Ejército no prepara a sus hombres intelectualmente, si no se hace una selección de personal con un perfil sicológico básico. Se desconocen las causas por las que Sánchez decidió matar a los tres detenidos en la Sergio Toral. No obstante, se conoció que “uno de los ahora fallecidos días antes lo habría asaltado”, una versión que puede ser gratuita, puesto que ahora los muertos ya no pueden defenderse. El detalle que impide que creamos en que uno de ellos lo asaltó es: ¿por qué matar a dos inocentes? Parece más bien una venganza por faldas o de tipo familia no una vendetta por un intento de asalto. No puede estar en el Ejército un sujeto de mente criminal. El espíritu de cuerpo mal entendido puede desembocar en asociaciones ilícitas que se constituyan en un peligro para la sociedad.
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