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noviembre 7, 2012 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

Entre elecciones democráticas y sistemas arbitrarios

No es fácil evitar de mirar lo que pasa en la etapa electoral estadounidense, que hoy llega a su fin, y lo que ocurre en el patio ecuatoriano. En principio, el parangón genera una sana envidia. Cualquier decisión popular merece ser respetada, aún más como sistema debe difundirse y en lo posible copiarse. En cambio, estamos contra la sistemática manipulación de los que ostentan el poder que en sus mensajes cotidianos trabajan para desprestigiar al que piensa diferente, para pulverizar al contendor, para desaparecer al que significa un peligro para sus objetivos. Y, los que ostentan el poder, en estas tierras, a menudo utilizan todos los recursos del Estado a su favor para lograr que sus objetivos se vean cumplidos sobradamente. En Latinoamérica no se advierte esa característica de la democracia estadounidense que es de respeto entre los contendores políticos. Obama y Romney llegan a una definición dura, cerrada, con ligero favoritismo para el Presidente (2%) y, sin embargo, con altas probabilidades de incertidumbre. Es decir, con posibilidades para ambos contendores, lo cual significa que el demócrata no puede confiarse, porque aún en los últimos tramos de la campaña, podría propiciarse un cambio de fuerzas. Pese a lo cual, Barack Obama no ha sentido ese terror que le lleva a odio cerval y no ha utilizado toda la artillería de cadenas de televisión de cobertura nacional dos veces a la semana, para tratar de opacar a su adversario. Podría haberlo hecho de ser cínico y desembozado, pero él seguramente tiene un alto respeto de lo que significa democracia y si ha aparecido aparte de los espacios del noticiero electoral ha sido para hablar de la recuperación de Nueva Yok y Nueva Jersey. Y sus noticieros y sus mensajes no han sido largos ni han terminado por ejemplo con el eslogan “La revolución ciudadana avanza”, como en nuestro Ecuador cada vez que se da un mensaje aunque sea de carácter turístico. Como ecuatorianos, que tenemos una colonia de compatriotas muy grande en el país del norte, vemos con tranquilidad que el desenvolvimiento de la campaña electoral estadounidense no se dirige hacia la fractura de la sociedad: los que tienen dinero versus los que no tienen, los de la vieja política versus los de la nueva, los que viven en mansiones versus los que habitan en los barrios. Es decir, no se indispone con argumentos que signifiquen un trauma social. En Ecuador, para el líder le ha sido muy fácil captar la idea de uno de sus rivales, Guillermo Lasso, que ofreció subir el bono solidario haciendo más sobrio el gasto público, especialmente el atinente a gastos de promoción, que en Ecuador son elevados. El Presidente, viendo cómo ofrecer lo mismo al elector y cómo ganar en el intento a su opositor decidió aumentarles el bono a los beneficiarios desde enero (es decir dentro del período de campaña), pero además tomándolo del sector privado, de la banca, que como antecedente paga una alta tasa impositiva. La reacción del Presidente inmadura ha vuelto a llenar de incredulidad y también de indignación, porque una reacción infantil y ridícula de “yo lo hago primero” es propia de adolescentes, pero de por medio está algo tan serio como convertir en parte de programas sociales, de proyectos de Estado los proyectos que vienen de iniciativa de un contendor, pero además forzando a que la contribución de contribuciones privadas tengan el matiz de gran arbitrariedad. ¿Cuál mismo es el porcentaje que tienen que pagar en impuesto los banqueros o cualquier género empresarial? ¿Por qué no se capta las contribuciones con una política proporcional? Si el pez chico da, por ejemplo, el 12 por ciento de sus ingresos, que el pez grande dé el 12 por ciento, hará justicia. Si una pequeña empresa ganó un millón de dólares y pagó 120 mil de impuestos, no es injusto que la corporación que ganó 100 millones de dólares pague 12 millones en impuestos. Hay un nivel de proporcionalidad, algo que universalmente ya está aceptado por todos los sectores de la sociedad. Pero, cuando alguien, por quedar bien con un sector, por hacer daño a otro sector, rompe las reglas de juego, por supuesto que genera desconfianza. Ningún empresario en el Ecuador debe sentirse seguro después de lo que le tocó ahora “contribuir a la banca” con ametralladora en la espalda (la presión del Estado), no le va a ocurrir mañana. Un Presidente que decide arbitrariamente tomar las ganancias de un sector no puede merecer la confianza de ningún ámbito productivo del país. En la Asamblea se mueven los sujetos listos a satisfacerle, porque también les interesa seguir siendo candidatos y seguir en el generoso reparto de privilegios estatales.

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