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septiembre 6, 2012 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

Emilio Palacio y su salida del túnel

No se puede dejar de celebrar la posibilidad de que un Estado permita a alguien la libertad de la que carece en su propio país, donde inclusive se corre varios peligros, pues al ser presentado ante la colectividad como a un enemigo del “proyecto revolucionario”, por supuesto que está expuesto a peligros.

La concesión de asilo político de los Estados Unidos al periodista Emilio Palacio habla a favor de la libertad de expresión, la misma que está tan venida a menos en nuestro territorio.

El país del norte evaluó muy bien los antecedentes de este caso, donde no faltan los agravios a los derechos humanos y, obviamente, llegó a la conclusión de que no hay porqué negar a un ciudadano ecuatoriano la posibilidad de rehacer su vida, que tras un proceso denso de persecución y una serie de maniobras humillantes pudo doblegar a quien en definitiva no cedió a la presión del mandamás.

Hay que ponerse en los zapatos del perseguido articulista de opinión Emilio Palacio, para comprender la serie de avatares que puede sufrir alguien de pensamiento diferente al poderoso de turno.

Por un momento, su vida sufría todos los caminos sinuosos de un calvario, no solo por el estigma de la persecución oficial que se hace carne en las cadenas de televisión y de los Enlaces Sabatinos, sino por la posible vendetta que se venía para El Universo, como empresa y como institución nacional periodística.

Para el colectivo, que razonaba sobre lo atrevido de su artículo, Palacio era el personaje sobre quien recaía el peso tanto de la crítica de ese sector del país que cree todo al nuevo caudillo populista como del fuete de la propia acción correísta.

Varias veces, tanto el ex editor de opinión del importante diario guayaquileño, como otros dirigentes gremiales, trataron de hacerle notar a Correa que estaba siendo injusto con los directivos del rotativo, que nada tenían que ver con el artículo, ya que los temas de opinión le pertenecen completamente a sus autores. Inclusive diferentes medios suelen ubicar en alguna parte de las páginas de opinión el rótulo: “El autor de la columna de opinión es responsable de sus afirmaciones

Ante la tensión y angustia de sus perseguidos, especialmente Palacio quien no es rico para encajar un proceso judicial contra alguien que tiene poder, Correa se cruzaba de brazos, a veces se mostraba indignado, a veces se reía con una sombra de sorna. No dejaba de exhibir su personalidad cambiante.

Un bipolar que al mirar a las esposas de sus enjuiciados decía con un tono más bien suave: “a mí me duele seguirles este juicio, quiero dejar este proceso…” Y al otro día: “No voy a parar. Ellos jamás presentaron sus disculpas como se debe, sigue el juicio”.

Luego, para mayor drama de Palacio, Correa daba un mensaje “tranquilizador” a los empleados de El Universo: “No se preocupen, que velaré por ustedes”. Es decir, hablaba casi como dueño del medio.

Emilio Palacio había sido víctima de su costumbre de pensar en voz alta. Su existencia cambió de pronto cuando alguien le iluminó a Rafael Correa sobre la gran oportunidad de seguirle juicio por el artículo que publicó sobre el desenlace del 30 de septiembre: “No a las Mentiras”.

El gran insultador sabatino, que a su vez no admite que alguien le devuelva adjetivos, encontró en ese artículo, ya famoso en el mundo periodístico, la oportunidad de dejar en segundo plano su presunta culpabilidad en el resultado cruento del supuesto rescate, realizado por militares la noche del 30-S, para que la opinión nacional se centre en el juicio al diario y al articulista.

Palacio sostiene en “NO a las Mentiras”, que en un futuro, un Presidente opositor podría culparle a Correa de haber ordenado fuego en el Hospital de la Policía, la noche del 30 de septiembre (año 2010).

A lo cual Correa, aplicando la receta de algún maestro de Maquiavelo en lugar de explicar sobre las responsabilidades en el rescate, devolvió con el ataque sobre una inculpación supuestamente más grande: “Han afectado mi honra, voy a seguir juicio a ese columnista”. Eso fue un día. Al otro día, aumentando el suspenso añadió: “Voy a seguir juicio a Palacio y también a El Universo y sus accionistas”.

Empezó el proceso tortuoso, que tuvo tres horas pico, es decir tres altas vallas: las tres sentencias de la nueva justicia, las mismas que empezaron con la firma de Juan Paredes, un juez que se prestó a la farsa, sin haber redactado, nos parece y le parece a cualquiera que sepa que nadie puede leer 1.200 fojas en una sola noche, el dictamen judicial.

Los tres golpes que recibieron El Universo y Palacio no los doblegaron. Pasaron sí por los callejones espinosos de la vindicta pública, pero la inteligencia y valentía de los abogados del principal diario ecuatoriano hicieron posible que se conozca que había una falsedad ideológica, que Juan Paredes fue solamente un peón entre las piezas de un engranaje de alto vuelo.

Los abogados del diario consiguieron peritos y así se sabe que la historia de un pendrive llamado ChuckySeven, sin cuya existencia hubiese sido más difícil que el perdonavidas les hubiese perdonado 40 millones de dólares.

En la libertad de la vida estadounidense, Emilio Palacio será más libre para escribir, pero le aconsejamos no meterse con aquello que no tenga fundamentos. Seguramente tendrá tiempo para hacer un libro y entregar a sus compatriotas y a tantos que aman los vericuetos de la verdad los entretelones de lo que le ocurrió a él y al periódico que le dio cabida, tras ese día que a alguien se le cayó la máscara, el S-30. Prohibido olvidar.

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