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enero 26, 2015 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

El precio de hallar las manchas del poder

El ecuatoriano de los tiempos revolucionarios se ha acostumbrado a una relación vertical con el gobernante de turno, es decir el ciudadano común ha olvidado sus derechos, no ha reparado que uno es el mandante y el otro el mandatario, por lo tanto según nos dijo su excelencia en la inauguración de ese nuevo modelo de gobernar que es la constitución garantista de Montecristi “todos somos iguales, la Patria ya es de todos”, sin duda tratando de dejar en el pasado el tiempo de desigualdades, que imperó no solo en las oscuras horas de la partidocracia, sino en la Colonia o en el Incario.

Por estas circunstancias, por considerar que me encuentro en el siglo XXI, en calidad de mandante que pretende interpretar las inquietudes de sus compatriotas y que, legítimamente, quiero evacuar varios temas que permanecen oscuros en la realidad contemporánea de los tiempos revolucionarios, me permití hace unos días retar a un debate al, ahora comprendo, intocable presidente. ¿Es inconcebible que un ciudadano rete a un Presidente a aclarar los puntos oscuros de su mandato que si no son tales es mejor, es un alivio, para el país y su Gobierno?

Tan pronto me expresé, salieron varios trolls para defender la posición de Correa. Pero, un momento, no era que lo defendían sino que simplemente era una jauría que me atacaba. Varios de ellos, como si pedir cuentas a un régimen que no tiene fiscalizador fuese pecado, me atacaron, me atribuyeron defectos que ellos sueñan ver, e insultaron a mi madre, por insultarme a mí. Mi madre, lamentablemente para mí, ya no existe y, aunque estoy acostumbrado que la bajeza y la inmoralidad campeen y pretendan a través del insulto responder a mis inquietudes, me duele profundamente la factura que nos cobran por pensar diferente, me obliga a cuestionar de qué hogares provienen estos sujetos, pero luego comprendo que esto le va a ocurrir a cualquiera que ubique las manchas oficiales y decida enfrentar a un Gobierno que exhibe rabos de paja, prepotente. Un bunker de carácter mafioso que deja pensar que gasta recursos en pagar a gente encargada de ofender, afrentar y amedrentar a los que se atreven a alzar la cabeza a su amo.

En Venezuela murieron varios ciudadanos que decidieron ir a una marcha y exigir el recuento de los votos, cuando Maduro decidió que no había que auditar los últimos escrutinios presidenciales, pues se sospecha del colosal atraco a Enrique Capriles. Para desviar la atención, el usurpador culpó a “la violencia de Capriles de la muerte de inocentes”, siendo que éstos pertenecían al bando de los que querían que el CNE llanero recuente los votos.

En Ecuador, nuestro país, hay o hubo (por aquello que tras tortuosas diligencias algunos ya fueron liberados) varios presos políticos: Galo Lara, Fernando Balda, César Carrión, Fidel Araujo. Desde luego no es una revolución carente de tragedia, el 30 de septiembre de 2010, al caer la noche, Froilán Jiménez, un sargento de policía, fue asesinado ante las cámaras y es uno de los 10 muertos del peor día de la democracia siglo XXI, episodio al que nadie se atreve a investigar a fondo, cuando un Presidente fue retirado “heroicamente”, a costa de sangre del hospital de la Policía, sitio desde el que la máxima autoridad ordenó el operativo de rescate, según lo esclareció el jefe del Comando Conjunto de ese momento (año 2010), el general Ernesto González.

En Argentina, una presidenta llena de contradicciones reacciona sin tino y habla con total carencia de control emocional tras la muerte con un tiro en la cabeza al Fiscal Alberto Nisman, un funcionario insobornable que investigó desde hace diez años las conexiones del terrorismo iraní y el atentado contra la AMIA (organización judía) en Buenos Aires, hecho ocurrido en 1994, en el mismo que murieron 85 personas. En los últimos años, tras la muerte de Néstor Kirchner el Fiscal vio con asombro la mutación del régimen, tras haber sido severo colaborador de la investigación durante la etapa del esposo presidente, la Casa Rosada dio un giro a la colaboración con Irán y el ocultamiento de pruebas de la confabulación para impedir que salga al descubierto la identidad de los hechores, en tiempos de la esposa presidenta. La muerte ocurrió exactamente la víspera de la presentación de las pruebas de Nisman ante el Congreso.

Este momento Argentina se encuentra convulsionada e indignada por esta tragedia y también sus periodistas independientes se encuentran a merced de los insultos troleros y de campañas que no pueden despegar porque la gente no traga ruedas de molino, el “suicidio” de Alberto Nisman no es tal, y tan convincente es este escenario que la propia Presidenta que alimentó desde el primer momento la hipótesis del suicidio con dos cartas geniales, que ingresan en la antología de lo burdo, salió con la tercera carta la del homicidio, “pero lo mataron para cargarme el muerto a mí”. ¿Por qué ese cambio? ¿Por qué ese acceso de nervios? ¿Quién ganaba con tremenda acción que requería de un operativo magistral, a lo “Misión Imposible”, sobretodo porque el Fiscal supuestamente estaba “protegido” por 10 custodios? Y lo más notorio, la dama del palacio, en su afán de liberarse del fardo de las sospechas, olvidó un detalle importante, dar el pésame a los deudos, a la familia de Nisman, solo estaba preocupada por no dejarse alcanzar por el fuego de las miradas colectivas, que de todas maneras ya ha cogido su cola, y solo la va a soltar cuando se compruebe fehacientemente su inocencia.

La confabulación que rodeó a Alberto Nisman fue un plan fácil: 10 custodios (gente dependiente del poder) y uno de ellos que "atestigua" que también le pidió un arma "para protegerse". De ser verdad que el Fiscal asesinado quería un arma es que desconfiaba de los custodios, ergo ¿cómo va a pedir el arma a uno de ellos? La operación es imperfecta y la señora Kirchner cambia de criterio (de suicidio a homicidio) porque el peso del análisis colectivo es un peso a su conciencia. Solo los fanáticos Kirchneristas dirán que en este crimen no hay visos de culpabilidad oficial y se batirán con un 82% de la población que creen que hubo una orden superior para eliminar al fiscal. A esos fanáticos hay que sumar a los trolls, gente que por salario insignificante, por un sánduche y una cola, por unas camisetas son capaces de tratar como hdp al analista, pero no son capaces de eliminar, con razonamiento probo, con calidad moral, las sospechas que recaen sobre su patrón (a).

En Venezuela, como en Ecuador o Argentina, al igual que ocurre en Siria, Irán o Afganistán, el peligro que representan quienes analizan la realidad de su país será neutralizado por la acción de esos serviciales fanáticos del régimen correspondiente, listos a insultar a la madre o a amenazar al periodista, político o líder social que no comulga con sus ideas o revela a las flaquezas y defectos del régimen.

Cuando se llega a este punto, la alternativa del poderoso “ofendido” podría ser, según lo que se dilucida ahora en Buenos Aires, causar un accidente o enviar a un agente a ayudar que se “suicide” el atrevido.

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