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mayo 8, 2012 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

El nuevo aeropuerto y el Mariscal Antonio José de Sucre

Miles de ciudadanos, seis ex alcaldes de Quito y el mismo Rafael Correa, presidente ecuatoriano, prefieren que se transfiera el nombre del actual aeropuerto al que se va a inaugurar en octubre. Es decir, esto significa que, para efectos de esa vigencia, no se tome en cuenta la iniciativa del alcalde Augusto Barrera que quiere a través de un concurso dar un salto alegre a la historia.

Este concurso, impulsado por el alcalde Augusto Barrera, ponía en consideración cuatro nombres respetables, ninguno de ellos con la talla de Sucre.

Defender la vigencia del nombre del actual aeropuerto, que es defender la memoria de Sucre, trasladándolo al nuevo aeropuerto no es la incentivación a una polémica, pero sí el pedido de que se guarde las proporciones cuando se realiza una designación o el bautizo de un nombre de carácter histórico.

El Municipio de Quito buscó cuatro opciones para designar el nombre del nuevo aeropuerto: Carlos Montúfar, Manuela Sáenz, Eugenio Espejo y Mitad del Mundo. Las alternativas, con ser importantes no reemplazan con certeza el actual nombre de “Mariscal Antonio José de Sucre”.

Hace unos años, era más evidente la presencia del Abel americano (como Bolívar lo llamó, el 4 de junio de 1830) en nuestro territorio. Nuestra moneda era el sucre, de allí que era inevitable nombrarlo.

No se puede descartar así como así un nombre tan prestigioso, que tiene una valoración histórica que no puede perderse solo en el recuento de libros (que a veces no son leídos) o de alguna calle.

Se pide su vigencia porque al salir de funcionamiento el actual aeropuerto, desaparecería el nombre aeropuerto Mariscal Sucre. Y mucha gente se alzaría de hombros así como se alzó cuando desapareció el sucre (la moneda).

Ecuador debe mucho al prócer que estuvo adelante en la gesta de su independencia. Como cualquier pueblo, como cualquier país, nuestra identidad debe ser fiel a quienes dejaron un legado invaluable, como la libertad.

Nuestro país logró la independencia el 24 de mayo de 1822, luego de una campaña relámpago del gran estratega de la guerra, Antonio José de Sucre.

Este militar de los ejércitos de Simón Bolívar provocó la llegada de las tropas realistas a las faldas del Pichincha, montaña en la que finalmente el ejército de patriotas, gente convencida de que había llegado el momento de vencer o morir, logró la victoria definitiva que rompió las cadenas ante el yugo español.

Diera la impresión que los países bolivarianos no han cantado lo suficiente la gloria de Sucre, aquel general de los ejércitos libertarios cuya espada supo guiar con certeza por los caminos de la soberanía a pueblos enteros, a naciones que le deben la mayor lección de rebeldía contra la opresión.

Por lo menos Ecuador y Bolivia le deben mucho al gran militar venezolano, de cuyo nombre se hace tan difícil llevarlo a la posteridad, porque no hay una cultura de recreación de la memoria histórica.

Quienes amamos la historia nacional sabemos que, obviamente, Bolívar, con capacidad de estadista y con privilegio de visionario, empujó la política liberadora, pero tuvo en el Gran Mariscal un brazo ejecutor que consagró al Ecuador (en ese entonces Departamento del Sur de Colombia) a la geografía de la América libre.

Los ecuatorianos no podemos dejar pasar al baúl de los recuerdos la memoria del hombre que impulsó el destino de libertad. Como si fuera poco, la espada de Sucre estuvo a favor de nuestra heredad territorial el 27 de febrero de 1829, en los campos de Girón.

La batalla de Tarqui es una de las páginas más gloriosas de nuestro Ejército. Su comandante en aquella cita contra la invasión del Ejército sureño fue el mismo hombre que a paso de vencedor hizo una carrera militar admirable y que debe ser más conocida.

Se trata del triunfador de Pichincha, Tarqui, Ayacucho. El mejor de los soldados, el más real de los héroes. Como ciudadano, fijó aquí su hogar, al casarse con la marquesa de Solanda, con la que tuvo una hija.

El alcalde de Quito, que anunció que su concurso está cerrado y que está a punto de dar el veredicto, tiene todavía la oportunidad de mantener para la posteridad el nombre del patriota grancolombiano que más amó al Ecuador.

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