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septiembre 14, 2012 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

El móvil para asesinar a un Embajador

Una nueva página dolorosa vive la comunidad internacional que no puede encontrar la paz por culpa de los extremismos, sean políticos, religiosos o culturales. Esta vez hay que lamentar la eliminación desalmada del embajador de EEUU en Libia, John Christopher Stevens, en un asalto rebelde que desde luego no había reparado en consecuencias, de allí que las fuerzas fanáticas cargaban armas de gran alcance.

La prueba es que junto al diplomático de los EEUU en Libia, perecieron otros tres miembros del personal de la Embajada, dos de ellos marines que intentaban salvar la situación.

Se conoce que John Christoper Stevenson es el primer Embajador de EEUU que muere en una acción violenta desde 1979. Entre varios hechos graves, el de mayor incidencia ocurrió el 7 agosto de 1998, cuando el terrorismo antiestadounidense arrojó un resultado nefasto: un total de 225 muertos, entre ellos 12 estadounidenses, y más de 4.000 heridos, a causa un doble atentado sincronizado con coche bomba junto a las embajadas de EE.UU. en Nairobi (Kenia) y Dar es Salam (Tanzania). Este golpe fue atribuido a Al Qaeda, que tendría un protagonismo mayor en septiembre de 2001.

El 20 septiembre 1984 murieron 20 personas en una explosión registrada en la Embajada estadounidense en Awkar (Líbano) cuya autoría se atribuyó la Yihad Islámica.

Hay muchos otros casos graves, pero citamos a dos en un momento que ha recrudecido un ambiente hostil para lo que tenga origen o sello norteamericano.

Regresemos al caso Stevenson, el fatal hecho que causa repudio internacional ocurrió la noche del martes, 11 de septiembre, en un ataque con cohetes al Consulado de Bengasi, la segunda ciudad libia.

Lo terrible es que el motivo del ataque era, supuestamente, lavar la afrenta contra el Islám, por la burla que suponía una película que rechazaron los creyentes de esa religión: “El inocente musulmán”, solo que en ese irreverente argumento no tuvo responsabilidad alguna el representante diplomático de los Estados Unidos.

Todo hace pensar que el crimen es a sangre fría, es decir planificado para dar cumplimiento con la revancha que mantienen los islámicos con el enemigo occidental, por lo que han cifrado una fecha clave: 11-S. La indignación que les produce la película “El inocente musulmán” simplemente hubiese dado lugar a que el hombre que produjo o dirigió esa cinta sea perseguido y no se la hubieran tomado con un diplomático o con la Embajada o Consulado.

Según el responsable de la Alta Comisión de Seguridad en Bengasi, FawziWanis, al canal de televisión Al Jazeera, el embajador murió por asfixia como consecuencia del incendioque se produjo en el edificio consular. Los otros miembros de la seguridad fallecieron por los disparos de los asaltantes.

La autoría intelectual del asesinato, según una primera hipótesis, parece ser Al Qaeda, que inclusive escogió la fecha ícono 11-S para perpetrar el atentado. Pero queda una segunda opción. En una rueda de prensa televisada, el viceministro de Interior para el oriente de Libia, Wanis al Sharf, acusó a "delincuentes y a simpatizantes del antiguo régimen" del coronel Muamar al Gadafi de estar implicados en el asalto, que comenzó tras una protesta frente a la sede del consulado en el barrio residencial de Al Fuihat por un vídeo realizado en EEUU y que supuestamente ofendía a Mahoma.

Según Al Sharf, "los agentes de seguridad del consulado creyeron que se trataba de un ataque y dispararon sobre los manifestantes, lo que agravó la situación", indicó Al Sharf desde Bengasi, principal ciudad del este de Libia.

En las redes sociales circularon las fotos del ataque e inclusive se podía observar el rostro del diplomático quien presumiblemente, al momento de la gráfica se hallaba agonizante, lo que aumenta el drama de lo ocurrido.

Como se sabe, la secretaria de estado de los Estados Unidos, Hillary Clinton, condenó el ataque en los términos más enérgicos, pero al mismo tiempo ella se mostró contemporizadora con el hecho de que los estadounidenses no deben abandonar el respeto a todas las creencias.

Este es un momento difícil para el Departamento de Estado, pues también le toca pugnar y estar vigilante frente a todas las provocaciones y reacciones que se han venido produciendo en Medio Oriente a partir de la aislada exhibición de “El inocente musulmán” (esto porque no figura esa película en los programas de los cinemas norteamericamericanos.

La presencia de los ciudadanos estadounidenses se ve así amenazada en la región pérsica, donde hay motivos locales, de orden supuestamente religiosa, para sumarse a la exaltada reacción que terminó con cuatro muertos en Libia. Lo que ocurre en Yemen, Egipto, Irán, no es sino un brote acordado de los islámicos para tomarse una vendetta contra los Estados Unidos. Todo esto pese a que Hillary Clinton ratificó que el Gobierno de los Estados Unidos no tiene responsabilidad sobre la producción ni el contenido de la cinta que ha sido objeto del repudio musulmán.

Justamente la principal responsable de la diplomacia estadounidense, Hillary Clinton, telefoneó al presidente libio, Mohamed El-Magariaf, "para coordinar apoyo adicional para proteger a los estadounidenses en Libia".

En Teherán, algún Ayatolah extremista “ha exigido” a los Estados Unidos que castigue al autor de la ofensa a Mahoma, refiriéndose a Sam Bacile. Bueno, que Estados Unidos conmine al director de la cinta a pedir disculpas públicas y a suspender la exhibición de algo ofensivo está bien, pero que en esos países de conducta volátil se exija algo así como pena de muerte es difícil. Además, Barack Obama o Hillary Clinton les podrían contestar: “¿Y en cuánto a ustedes, cuándo y en qué forma tendremos que cobrar esta ofensa, este ataque cruento que ha causado la muerte de gente inocente?”

En el imaginario, suele considerarse que los embajadores y cónsules pasan por una etapa social muy boyante, es decir con reuniones casi diarias de whisky, caviar y actos culturales, pues su tiempo (es nuestra impresión) les permite escribir notables producciones literarias.

Pero, bien se ve que la vida de los diplomáticos tiene sus riesgos, especialmente cuando su misión se desarrolla en países donde ocurren situaciones inestables y las sociedades de estos territorios tienen un temperamento colectivo explosivo.

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