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diciembre 12, 2012 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

El manejo humano de la transición venezolana

Al anochecer del último el 7 de Octubre, día de las elecciones venezolanas, fue visible que Hugo Chávez celebró su triunfo con alegría medida y emoción parca, es decir sin esa euforia que caracterizó al que ganó una disputa histórica, dura, como la que había planteado ante Henrique Capriles.

Los que lo conocen saben que su estilo de celebración era contagiante para sus amigos, insoportable para sus adversarios; feliz para sus seguidores, burlón sarcástico para los no chavistas.

Si habría que hacer un parangón, en otros tiempos Chávez ganador se parecía más al pugilista mexicano Juan Manuel Márquez, después de fulminar la noche del sábado con un zurdazo al terrible Manny Pacquiao en la Arena de Los Ángeles. Márquez saltó hacia las cuerdas y “guapeó” con su público. Chávez era así de extrovertido y el 7 de Octubre lució apagado y hasta se mostró amistoso con Capriles.

Los que estaban en la oposición interpretaron que ni él mismo se creía de su triunfo o sea que había la posibilidad de que el resultado se haya derivado “de un fraude”. Otros, un poco presagiando cosas graves, que el comandante estaba sentido aún de su enfermedad y no le tocaba otra que “celebrar sin estridencias”.

Al parecer, estos últimos se acercaban a la verdad, pues Hugo Chávez había dado toda su energía para lograr el triunfo, lo cual se comprobaría más tarde cuando los entendidos de oncología señalaron que no debió arriesgar en recorridos ni en esfuerzos durante el último año, y eso justamente le demandó la campaña electoral.

A raíz de la victoria del 7-O, paradójicamente el mandamás venezolano fue distanciándose del escenario y abriéndole paso a su delfín, Nicolás Maduro, hombre que lo ha seguido en todo el proceso de sus apariciones públicas y de su enfermedad.

El país llanero, de pronto, dejó de tener un Presidente en ejercicio pleno de sus funciones. Su presencia ante la nación se hizo fugaz, extrañando a todos esta evasión cuando en sus victorias anteriores imponía su imagen, voluntad y locuacidad en todas las instancias.

“Y cuando se presentó a través de la televisión, dice el analista Alexander Cambero, se percibió que todo era un disfraz para mostrar una tranquilidad que era rebatida por los rostros sombríos de sus colaboradores. En pasajes de sus intervenciones llegó a mostrar evidentes signos de deterioro en su salud, que hacen presumir que sus dificultades se incrementarán de manera dramática”.

La realidad de su condición biológica empezó a desbordar las posibilidades de reinventarse que tenía a través de mensajes, cada vez más sintetizados en la televisión. El recién reelecto magistrado, vivía entre las sombras batallando contra una enfermedad que lo estaba derrotando y llevando a una situación deplorable.

Sin embargo, pese a encontrarse en la puerta de las casas de salud caraqueñas, y amén de que su físico necesitaba la atención urgente, él siguió siendo fiel a la medicina cubana. Volvió a viajar a la Isla.

El diario ABC de España da cuenta que los días claves de su deterioro fueron los últimos del mes de noviembre. Entonces la alarma cundió pues había vomitado sangre. Había un mal diagnóstico. El hombre que encantaba a las masas con la fortaleza de un miura se estaba asomando al balcón de la soledad y de las mayores tristezas, en donde comienza a apagarse no solo la música sempiterna de los adulantes, sino hasta las razones de seguir en la lucha. Es por eso que en tanto él está sumergido en las bondades de un milagro medicinal, recogido en su cama hiperbárica y sometido a los designios de su destino y de la nueva operación anticancerígena, Venezuela vive momentos de dolor, pero igual marcha al garete. El proyecto político de Hugo Chávez había salido triunfante hace algo más de dos meses, el caos no se ha ido, el nuevo período podría no ser una garantía de cambios, pero su mentalizador ya no tiene ganas de seguir en ese esfuerzo, de allí que haya nombrado a Maduro como su sucesor, el mismo que habrá de llamar en 30 días a elecciones, según lo estipulado en la misma Constitución venezolana.

Podría sonar a lugar común el considerar que la vida le está castigando a Hugo Chávez. Sin embargo, tal como lo hacen los diferentes líderes, como lo han señalado en todo el continente, hay que esperar que Hugo Chávez salga de ésta, para una nueva oportunidad, a fin de que vaya a descansar en el seno familiar.

Lo otro, que ojalá la democracia dé un vuelco y ese país, fraterno con el Ecuador, alcance nuevamente el estado democrático y sus instituciones vuelvan a funcionar.

Ojalá que en un afán aunque fuera electoral, Nicolás Maduro adopte una posición humanista y libere a los presos políticos, especialmente a la jueza María Lourdes Afiuni, retenida en una mazmorra inmunda y víctima de violación, con la venia del dictador, del mismo hombre que hoy nos inspira compasión y que sin embargo jamás demostró ese sentimiento humano para los que él considera sus enemigos políticos. Chávez pidió para ella 30 años de prisión.

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