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marzo 4, 2013 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

El futuro de la oposición en el Ecuador

El resultado de las elecciones no nos engaña. A muchos deslumbrará una votación tan alta como la obtenida por el triunfador y se allanarán a sus condiciones; a otros les será indiferente gane quien gane, pues en su filosofía está “mientras no me toquen a mí los insultos, la persecución política, el abuso de los recursos, la ausencia de fiscalización, no es conmigo y no me importa”; y, unos cuantos tendremos que asentarnos en la realidad, reconocer que hubo un resultado, pero reflexionar las razones de ese resultado.

No es cuestión de aceptar deportivamente la cifra final post elecciones y menos arrear la bandera. Es cuestión de examinar el terreno en todo su espectro y concientizar una verdad, que se vuelve consistente tras los días de fiesta ajena, que puede estar justificada, pero que es una hazaña tan valerosa como que David hubiese estado amarrado las manos y Goliath lo haya estado castigando con un látigo. Ninguna posibilidad a que el más débil se imponga al más fuerte. Los candidatos aspirantes a la presidencia eran siete y todos estuvieron en absoluta desventaja frente al detentador del poder.

Cuando el economista ganó las elecciones del año 2009 y cambió al TSE por el CNE resulta que éste fue otro poder digerido por el Ejecutivo. Ya no se trataba solamente de la victoria del candidato a ejecutivo, sino que se había configurado una corporación partidista, perteneciente a Alianza país, a través de la subordinación de todas las funciones del Estado al ejecutivo.

De esta manera, teniendo a su favor todo el entramado y todas las acciones que es capaz de ejecutar el aparato estatal, Correa dio todo el apoyo a la infraestructura creada lógicamente para trabajar la consolidación del poder a su favor.

Una organización a imagen y semejanza de la revolución bolivariana, es decir nada original, pero muy efectiva para el caso de enfrentar elecciones. No solo que se podía dar el lujo de hacer campaña visitando de pueblo en pueblo, supuestamente para informar y “para tomar en cuenta a los cantones y parroquias a donde no van los presidentes”. Campaña desembozada por donde quiera que se la mire, porque no solo informa de su gran labor al pueblito visitado sino que hay una gran cobertura mediática de varias horas que da solidez no ante el pueblito sino ante todo el país de la “sagrada misión de informar al ciudadano”.

Mata dos pájaros de un tiro, con la chequera abierta del Estado: a) recorre el país dando su informe que siempre apunta a cosas sin trascendencia, siendo lo extraordinario (como la inauguración del puente de los caras), lo excepcional; y, b) logra una publicidad que no solo es gratuita sino altamente rentable, es decir se convierte en un ganador de la lotería con premio seguro y periódico.

Las bases de las elecciones del Consejo nacional electoral tienen mucho que ver en las reglas impuestas previa a una elección. Por un lado, el CNE está en capacidad de autorizar y vetar determinados spots que juzga no pertinentes a su visión de elecciones. El CNE es el que inspecciona, califica y autoriza todos los anuncios. El que pide en sus reglas abstenerse de hacer una campaña adversa de cualquiera de los adversarios, lo cual es aplicado justamente al candidato opositor; mientras que autoriza que en sus mensajes el postulante oficial sí ataque y denigre a sus contendores.

La utilización de los medios incautados es de un uso monopolista y se comprueba que no son medios del Estado sino al servicio del Ejecutivo y sus proyectos. Los noticieros de estos canales prácticamente son espacios para promocionar la mejor imagen de quien nos gobierna.

El CNE cometió un error grave: permitió que el Gobierno en su conjunto se promueva en una campaña donde hubo una proporción 100 a 1 en cuanto a temas cercanos al Ejecutivo vs. Temas correspondientes al ámbito de alguno de sus opositores.

Los partidos y movimientos deben exigir que el CNE prohíba durante el mes y medio de la campaña existan sabatinas o se promocionen ministerios y otras dependencias gubernamentales, en una evidente campaña de Gobierno.

El CNE tampoco penalizó que el oficialismo haya realizado campaña sucia. Los partidos y movimientos deben exigir que la aclaración de una materia que se compruebe es falsa (por ejemplo la vinculación de Guillermo Lasso al feriado bancario), no sea imputada al espacio de anuncios que tiene un candidato. El lanzamiento de una calumnia debe tener un costo para sus autores y no debe tener un costo para quienes quieren aclararlo.

Son los propios candidatos los que deben intentar que no se cierre un caso de abierto perjuicio a sus intereses, especialmente cuando se ha esgrimido del otro lado la campaña sucia.

Los opositores que quieren un resultado exitoso deben confrontar sobre los problemas del país y sobre los errores de quien gobierna una nación, pero a menudo necesitan exponer su adrenalina cuando alguien a base de mentiras se mete a atacarlo personalmente utilizando falsedades.

Generalmente el autoritario se siente en su elemento cuando se da cuenta que un oponente quiere ser estrictamente constructivo antes que confrontativo.

De haber sido tan positivo Jaime Roldós en la primera oportunidad que tuvo de estar frente al candidato favorito, no le hubiese ganado las elecciones a Sixto Durán Ballén. Si en el debate entre Febres cordero y Borja, el primero de ellos solo iba con su cuaderno de planes y no le sometía a escarnio por su calidad de indeciso al candidato naranja, León perdía ese duelo.

Ser confrontativo pero basado en la realidad es uno de los aspectos que exige la política. Hay quienes son confrontativos por el solo hecho de que su rival les resulta un ser odiado. Desde luego la política no es un simple juego de aspiraciones personales. Cuenta con mucho los intereses del país.

La oposición tiene la oportunidad de elegir si va a ser espectadora y limitarse a ser promotora de temas constructivos (que en minoría absoluta dentro del Congreso tiene escasas posibilidades de tener eco) o hacerse respetar colocando los puntos sobre la diéresis cada vez que el poder se olvide que hay quien está para parar sus excesos.

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