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mayo 11, 2012 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

Correa y la obsesión de desmarcarse de la CIDH

La reunión José Miguel Insulza, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), con el presidente ecuatoriano Rafael Correa tiene un eje, según el segundo de los nombrados: abordar con la autoridad regional la visión anglosajona de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Señala el Presidente ecuatoriano: “Particularmente abordaremos el Sistema Interamericano de Derechos Humanos, sobre todo la comisión, absolutamente tomada por la visión anglosajona de Derechos Humanos, por ejemplo, libertad de prensa entendida como libertad de empresa, tomada por el oenegismo (refiriéndose a las ONG´s)”.

En estos términos olvida que esa misma prensa le apoyó cuando fue candidato y enfrentó en la final de 2006 a Álvaro Noboa. Correa se divorció de la Prensa cuando cometió errores graves y prefirió atribuir las críticas de los analistas (no de los periódicos) a su vertiente ideológica y mentalidad empresarial.

En su natural estado de ironizador y de crítico de la prensa independiente el mandatario señaló en Guayaquil que para ellos (los comunicadores independientes)

“El Estado siempre es el satánico, el culpable, los políticos son los malos; los periodistas siempre son los perseguidos, los mártires, los medios de comunicación -esos grandes negocios- pobrecitos”, términos que el Presidente repite no solo en Guayaquil, sino que hace una difusión de este peregrino pensamiento al estilo campaña de Estado.

Correa ha tratado de desmentir a la prensa en temas cuyas pruebas demuestran que él no tiene la razón y de las que José Miguel Insulza tiene que empaparse. Ante la gran disyuntiva de quedar como un mentiroso ante la prensa y la opinión pública nacional, Rafael Correa siempre prefiere jugar en franca invasión al campo del cinismo. Los ejemplos no faltan.

Y es así como a través de múltiples cadenas de televisión repite que fue secuestrado el 30-S, que ese mismo 30 de septiembre Lucio Gutiérrez tuvo el poder de convencer a miles de policías para el levantamiento, que Fidel Araujo y César Carrión quisieron matarle, que los autores del libro de ensayo “El Gran Hermano” son los mentirosos.

La buena gente que no tiene tiempo a razonar sino lo que les dice la autoridad, especialmente cuando sus noticias se difunden a toda hora, y sus cadenas vencen cualquier resistencia de la incredulidad, llega a convencerse de las falacias.

Entonces vienen los acuerdos con los gobiernos aliados y en el seno de la Unasur nace un organismo creado para el tema de los derechos humanos, pues la CIDH no conviene ni a Chávez, ni a Correa, ni a Castro, ni a Ortega.

Allí fue cuando se fundó, en Caracas la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), organismo del cual piensan extraer una oficina responsable de los derechos humanos, que deje atrás a la CIDH.

Tanto Chávez como Correa no ven los minutos para que se haga realidad esta fantasía… perdón, este ideal, el mismo que permitiría a los gobiernos del Alba manejar a discreción el tema de las relaciones con los considerados enemigos políticos de cada régimen y, por lo tanto, presos políticos de los correspondientes países.

El gran pretexto de Rafael Correa para refugiarse junto con Hugo Chávez en la Celac, es porque la CIDH, un organismo independiente a los intereses de Gobierno, no les deja actuar con la libertad que quisieran y fácilmente hubiese rechazado los intentos de cerrar a su manera los juicios contra diario El Universo y los autores del libro ‘El Gran Hermano’.

José Miguel Insulza, que es un dignatario canchero a nivel regional, no ha tenido una actuación acorde con la investidura que ostenta, pues sobre estos temas no ha sido más diligente en ir hacia la verdad.

Se puede asegurar que ha caído en el terreno del amiguismo, algo que es traicionero tratándose de que él tiene que cuidar los intereses regionales desde una perspectiva de desarrollo de la democracia plena.

En el caso del levantamiento policial, el 30 de septiembre, avaló los términos oficiales (“que hubo secuestro al Presidente y que hubo intento de golpe de Estado”), despreocupándose de profundizar.

En ese momento, Insulza pasó a demostrar que es amigo del régimen correísta, pero tratándose de algo tan escándalos como los juicios millonarios a elementos del periodismo ecuatoriano, más bien ha sido tibio este funcionario de la OEA.

Es que, Insulza no se pronunció cuando la CIDH envió las primeras preguntas sobre cómo se estaban llevando esos procesos y más bien Correa decidió no acatar, minimizando las facultades del máximo organismo regional de los derechos humanos.

Pero aún así, pese al parcialismo que deja advertir Insulza, el periodismo ha tenido la paciencia de respetar su pronunciamiento sin renunciar a entregarle documentos que prueban lo contrario, es decir que el oficialismo es el que está alejado de la verdad.

Es cierto que la función de Insulza es muy delicada y el protocolo exige buscar la verdad sin causar, en lo posible, una afrenta a un jefe de Estado, miembro de la organización.

Pero, ante la desmesura del argumento, lo mínimo que tiene que hacer es ir buscando los fundamentos para que se hagan los graves señalamientos que hizo Correa y que derivaron en una sesión extraordinaria de la Unasur.

Ojalá Insulza llegue a enterarse y entender que el “secuestro” no fue tal porque los policías dejaron que el Presidente y sus secretarios se tomen el cuarto piso del hospital de la Policía y que inclusive desde allí se coordinen las operaciones para salir de esa casa de salud.

A las 19:00, cuando los médicos, enfermeras y auxiliares cantaban el himno nacional con los edecanes de Correa, despidiéndole con honores por su accidental paso por el Hospital, resulta que empezó el gran ruido; venían a “rescatarle”.

Es decir, se perfilaban los planes para que eso parezca un teatro de guerra y que en ese teatro hubo un valiente que estuvo entre dos fuegos. El populismo ha conquistado muchos adeptos recreando escenarios y convirtiendo en héroes a muchos que no lo son.

Insulza tiene que recordar que los convenios internacionales que tienen relación con los derechos humanos, son conquistas superiores donde al abandonar un Estado ese nexo, el perjudicado no es el organismo (la CIDH), ni el estado que se aparta (por ejemplo Ecuador y Venezuela).

El más perjudicado es el conglomerado de elementos vulnerables que pueden sufrir la persecución de un Gobierno opresor: políticos de oposición, periodistas, cualquier ciudadano que piense diferente. En realidad son todos estos los que tienen derecho a decidir si sigue en vigilia un organismo dedicado a los derechos humanos.

Hacer lo contrario es perjudicar a las víctimas y dejarle a merced de los poderosos y de todos aquellos que juegan con ventaja.

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