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enero 9, 2013 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

Candidato a la medida de las masas permisivas

Antes, un supuesto héroe, un titulado patriota o un considerado adalid de un pueblo solían decepcionar a la primera falla humana, por decir algo la mera intención de intentar aferrarse al conveniente cargo, o de generar un negocio para algún familiar, porque no se concebía en ellos que tengan las debilidades que caracteriza al ser común y corriente.

En estos tiempos, la sociedad ha cambiado tanto, el ser humano, especialmente el carente de instrucción, tiene muchas facetas vulnerables, no siente bochorno al retirarse de una reunión, bajo cualquier intensidad de Sol, con una cola y un sánduche, privilegia sus intereses y si alguien, pese a cometer muchos yerros que habrían sido condenados con la moral rigurosa del pasado, con dinero del estado le da migajas, pasa a ser un auténtico salvador, es decir héroe, patriota o adalid.

Es por eso que familias enteras, que sobreviven con el reciclaje, es decir la comercialización de botellas de plástico, cartón, papel, más el “bono de la dignidad” para la abuela, para la mamá, para el hijo que no trabaja porque tiene 30% de limitación intelectual (retardo leve), pasa a ser la característica familia que demuestra no importarle o no saber lo que significa derechos humanos, respeto a la Constitución o pluralismo ideológico, menos aún conocen de lo que es auditoría o fiscalización a una obra relumbrante, realizada con contratos a dedo, inclusive siendo el contratista un hermano del personaje más influyente de estado, de la provincia, de la localidad.

De esta manera, lo que digan o hagan el adalid y su secta está muy bien; ellos, los conquistados con el alpiste ligero cierran los ojos a cualquier “cuento”, a cualquier “mentira”, a cualquier “embuste”, de los antipatria, de los traidores, de los que quieren dañar el proyecto.

Esto, sumado a la incesante propaganda pública, la explotación permanente de los medios incautados, explica la “gran popularidad” del candidato a la reelección. “¿Qué tal si nos reunimos para realizar la digna marcha “Los honestos somos más” para protestar contra los corruptos que atacan a mi primo?” “¡Bueno, señor Presidente!” “¡Vale, señor economista!”; “¡Cuente conmigo y mi familia, señor jefe de Estado!”.

En este todo vale, en el que ellos distinguen no las acciones para hacer mejor o peor un país, sino el color de la camiseta identificada con el señor que suelta la migaja, se torna peligroso un diálogo para intentar llegar a la conciencia de los iniciados, de los convencidos, de los que tienen ya verde su mente y alma.

Entonces, de seguro no vamos a prosperar en el intento de convencer a esa gente para que mire a su alrededor la serie de alternativas para sacar adelante el país sin llegar a regalar el voto.

Pero, desde luego que en los sectores de la clase media, donde poseía un fuerte capital de votantes el aspirante a la reelección, ha ocurrido un desbarajuste. Son miles, cientos de miles de decepcionados que se han ido a otro campo, han mostrado su preferencia por otras tiendas, las cuales exhiben candidatos que les ofrecen el beneficio de la democracia, de la libertad de expresión, de las cuentas claras, de los derechos de la oposición, sin que ésta llegue a ser considerada enemiga.

Son estos sectores los que ya ha perdido el mandamás que llegó al poder con las novedad de que inauguraría una etapa de manos limpias y mentes lúcidas. Una clase media crítica que no tolera la serie de falacias como aquella que dijo ayer el abogado de Pedro Delgado, un señor Carmigniani: “Que la falsificación del título no influye en el cargo del Fideicomiso AGD”. Es decir, nos quieren dar a entender que una cosa es la legitimidad del título y otra (sin relación ética) la función que el gran primo desempeñaba.

El delito de falsificación, explicó el abogado de Delgado, aplica en el cargo de Presidente del Banco Central del Ecuador y no del Fideicomiso AGD No Más Impunidad, en donde no se requería título universitario para ese cargo.

Pongamos que es cierto esto último. Sin embargo, una acción tan grave como la cometida, ¿no es un agravante suficiente para que una estructura vertical, de estrictos cánones éticos, como se pensaba que sería la “revolución ciudadana”, le ponga la cancelación inmediata?

La interpretación del leguleyo contratado por el gran primo señala una cosa similar a que un jefe perdone cualquier hecho delictivo de su empleado, porque lo hecho “nada tiene que ver con sus funciones”.

No vale la pena seguir analizando un tema tan claro para cualquiera que pretenda tener un grupo o un líder que cultive la moralidad en todos sus actos. Desde luego que no todo es la culpa de ese líder, pero resulta inadmisible esta cultura permisiva en la cual se puede hacer lo que les da la gana y siguen tan campantes.

Mantengámonos vigilantes de la campaña electoral, otro terreno donde se dan las desigualdades. Mientras siete candidatos se abren paso con escasas medidas de seguridad, el “favorito” se mueve con vigilantes en sus vehículos, cerrando las calles, patrulleros policiales en las esquinas, militares equipados con chalecos y fusiles, amén de que tiene el favor del Consejo Nacional Electoral, que se hace de la vista gorda con sus excesivas propagandas, algunas de las cuales intentan pasar como si fuesen subliminales (siendo que son más claras que las doce del mediodía).

El gran aparato que acompaña al Presidente tiene privilegios como una ambulancia del Ministerio de Salud Pública con las sirenas encendidas, para cualquier emergencia, aparte de los empleados públicos que acompañan las marchas.

El divo ha incentivado la cultura a la imagen, de allí que sus gigantografíasson ubicadas en lugares estratégicos de los barrios. Ojalá tengan derecho a poner las suyas los otros candidatos. Si estos no exigen un lugar, desde luego pasarán a ser fantasmas en la memoria del pueblo pasivo que desconoce de política y solo sabe de un piti generoso que tiene listas en la trastienda las jabas de cola, los sánduches, las camisetas, las banderas verdes limón, los stickers para los vehículos amigos.

Solo dos o tres de los siete candidatos han comprendido que están en una competencia. Los otros, deambulan sin otro norte que “hacerse conocer”.

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