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julio 24, 2013 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

Campaña anti drogas: Responsabilizando a los padres

Una nueva propaganda de corte estatal ha empezado a reproducirse desde este fin de semana. Se ve a un hombre con impecable traje y aparente buena posición económica que se halla presa de una depresión que está dedicado a beber, y tiene en sus manos una botella de whisky, su esposa le alcanza a mirar y le dice: ¿Qué te sucede? ¿Por qué estás así? La mujer tiene una pose y una imagen igualmente elegante y tiene entre sus dedos un cigarrillo.

El esposo le contesta: “Sorprendí que nuestro hijo tiene entre sus pertenencias un atado de marihuana”. Termina su intervención preguntando: ¿Qué ejemplo le hemos dado? Y el primer plano se vuelve del padre que toma licor a la madre que fuma cigarrillo. Y claro, la lección que nos da el espot es que el joven de la historia, al que no se llega a ver, es el producto de un mal ejemplo.

En realidad, la idea del espot no es tan mala, pero necesita más credibilidad porque los actores que representan esta ficción se dejan mirar como sujetos con una aparente buena disposición mental, bien vestidos, que discuten en un hogar ordenado, más allá de que representan un drama que puede darse y tiene un carácter aislado, porque hijo de bebedor y fumadora no necesariamente puede ser drogadicto.

Nos falta credibilidad porque nos encontramos en una época en el que el número de fumadores (de cigarrillo común y corriente) ha descendido drásticamente. Además, hay que detenerse un poco más en el argumento: el padre demuestra su decepción por haber encontrado el atado de droga entre las pertenencias del joven, lo cual significa que sus actitudes, su forma de vestir y de manifestarse son normales, de lo contrario no se hubiese sorprendido.

Creemos que una de las fuerzas para llegar a enfrentar el problema no es esperar que el joven deje descubrir que tiene el “producto” entre sus ropas o en su mochila, sino descubrir sus cambios, anticiparse a lo que significa que aparezca una nueva conducta y nuevos códigos que tienen que ver con tatuajes, léxico, extravagancia en el vestido y en el peinado, forma agresiva de mirar a los que no están de acuerdo con su forma de ser.

Es más frecuente que el adicto sea parte del problema social por efectos de la violencia en su hogar, de la situación económica de sus padres, de los problemas de hogar por parte de progenitores que no generan respeto, en la formación de pandillas, en un entorno en el que la droga está presente tanto como los problemas juveniles.

No estamos descalificando el anuncio, que por lo demás ayuda a ver una parte del problema (a padres viciosos, hijo vicioso). Solo decimos que le falta un poco más de profundidad, para convencernos de que se trata de un fenómeno propio de una sociedad que no ha podido sustraerse a los desafíos de generaciones con mentalidad más precoz. Por ahora (según el espot), los problemas son los padres.

Reconocemos que algún efecto debe haber cuando de por medio hay un ejemplo fatal de dos padres aparentemente permisivos con ellos mismos. Pero, también hay una realidad: en Ecuador, el Estado permite que el adicto a la droga porte un mínimo del alucinógeno. Es decir, mientras un individuo se declare consumidor y que no tiene más de ese “producto” que el que usa para su consumo, es legal su situación.

No quiero tener una interpretación puritana de lo que debe y no debe ser un adolescente frente a vicios como la drogadicción. Pero quisiera que la prohibición de la droga sea más fuerte y las campañas persistentes, demostrando por ejemplo las secuelas de usar alucinógenos es perder neuronas, perder el sentido de la realidad, perder el respeto hacia sí mismo y, desde luego, perder el respeto a los padres y a todos los que tienen algún significado de autoridad (profesores, instructores, guías, jefes de trabajo, asesores espirituales o religiosos).

El Ecuador tiene, como sociedad, que enfrentar a nuevos retos, como encontrar a los potenciales ciclos generacionales apegados a los estudios, la cultura, el arte, los deportes, por encima de los vicios. El Estado tiene que tener una posición más rigurosa frente al consumo de las drogas. En un país donde se prohíbe beber los domingos, por supuesto que se debe prohibir drogarse, dadas las graves consecuencias de esta acción.

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