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agosto 15, 2012 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

Antes de olvidar el fracaso olímpico

La inquietud que genera la actividad política, donde se vive la vorágine del accionar pre electoral, no nos aleja de una realidad, ahora que ha descendido el telón de los Juegos Olímpicos de Londres: se ha producido un fracaso deportivo, lo que se hace evidente al retornar la enorme delegación ecuatoriana, de 36 competidores, con las manos vacías.

Bueno, esto suscita un mal chiste: que Ecuador llegó con las manos vacías en cuanto a medallas, puesto que la delegación encabezada por Pierina Correa y el ministro de Deportes Francisco Cevallos, desde luego que vino con sus brazos adormecidos después de haber pasado por el shopping y haber adquirido regalos y agrados para sus cercanos y para los que propiciaron el lujoso viaje. Una caricatura que podría parecerse a la realidad.

Para consuelo de las páginas sociales se puede decir que Ecuador tuvo un momento brillante en lo dirigencial, que supo dar el paso adelante, sobretodo después del impasse del ministro Cevallos con el dirigente olímpico Danilo Carrera, aunque se debe insistir que el resultado es gris en lo deportivo, pero bueno nuestros entrenadores y deportistas ya podrán aguantar la crítica, pues en el otro ambiente, en el de los dirigentes, se practica el sumak kawsay, el bien vivir, que incluye el bien viajar.

Las lecciones eminentemente deportivas del paso ecuatoriano por las Olimpiadas de Londres 2012 nos señalan un escenario sombrío, tan solo alumbrado por el brillo de luciérnaga en fondo nocturno que constituyó Álex Quiñónez, cuya formidable actuación en los 200 metros ante velocistas fuera de serie como Usain Bolt y Yohan Blake, ambos jamaiquinos, es lo más cercano a una medalla de bronce, trofeo básico que nos fue negado sea por la superioridad de los adversarios, por la falta de preparación de nuestros deportistas, planificación de los entrenadores o el apoyo del Estado.

El deporte ecuatoriano se halla estancado habiendo obtenido medallas en un pasado reciente con Jefferson Pérez, el hombre de oro de hace 16 años.

Actualmente, la ausencia de grandes figuras nos lleva a reconocer que en la Región latinoamericana solo pocos han logrado tocar el éxito en una o más disciplinas: Brasil, México, Colombia, Argentina, Cuba y Venezuela, los demás no tuvimos la representación exitosa, de allí que Ecuador, Perú o Bolivia, entre las naciones de pobre actuación, no hayan logrado ubicarse entre los 86 países que lograron una medalla, en cualquier manifestación y de cualquier calidad.

No es difícil anticipar que unos cuantos optimistas evadirán los magros resultados y centrarán sus elogios en Álex Quiñónez, nuestro mejor crédito en Londres 2012, pero hay que admitir que lo de Álex, siendo promisorio, revela que simplemente significó la sorpresa, es decir que por ser tal no tuvo plenamente el apoyo de la dirigencia ni del Estado. Desde luego, ahora que es una realidad, ya aparece este factor, de lo cual nos alegramos, puesto que en próximos torneos (no necesariamente hay que esperar cuatro años), ya se podrá advertir la evolución del velocista esmeraldeño.

Para los que vemos este periplo con sentido un poco más amplio, en el fiel de la balanza pesan más los fracasos y decepciones nacionales antes que los éxitos y satisfacción por el cumplimiento de las expectativas de todo un país que se diluyeron en el camino.

Eso no quiere decir que el séptimo lugar obtenido por el velocista esmeraldeño en los 200 metros planos, no genere un acercamiento a la ilusión nacional y un orgullo de compatriotas. Sabiendo que esa prueba la realizó ante verdaderos deslotados como Bolt y Blake símbolos de la calidad antillana en los Juegos Olímpicos, se puede pensar que el ecuatoriano surgió como un potencial medallista para la cita Río de Janeiro 2016, pero también es un reto para él mismo, que podrá ser evaluado en otros torneos de carácter más cercano a aquellas justas olímpicas.

Para empezar, Quiñónez, que es un ejemplo de espontaneidad, aunque sea un hombre franco, tiene que admitir que todavía tiene una distancia frente a los jamaiquinos. Si empieza por declarar que no los ve extraordinarios (ya lo hizo), es cierto que se sumarán a él los que admiran a los Cassius Clay de la lengua, pero eso no significará resultados. Es mejor que su preparación la haga con optimismo, sí, pero también con madurez y los cinco sentidos. Si quiere irrespetar a sus adversarios hágalo con su solo pensamiento, no para que salga el tema en las portadas.

Tenemos un Presidente que prepara sus declaraciones como Clay y tras la segunda o tercera exageración, no digamos segunda o tercera mentira, está visto que algunos de sus seguidores más inteligentes ya se han desvanecido y están en otras tiendas o prefieren decir que se hallan “decepcionados de la política”.

Bueno, se puede considerar que de parte de los deportistas no queda realmente la deuda. Es el Estado, el Gobierno, las organizaciones deportivas, los que deben procurar primero la masificación deportiva, luego el fomento de la competición y, por último, la especialización de aquellos que tienen vocación para hacer del deporte una carrera.

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