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septiembre 29, 2014 Publicado por Edgar Jara en la sección Editoriales

30-S, el Día que triunfó la Democracia

Esta úbltima semana el Gobierno ha derrochado nuevamente cientos de miles, tal vez millones de dólares para vendernos, a través de diversos spots, de cadenas y de una entbrevista larguísima que también fue repetida por siete u ocho canales, la idea de que el 30-S es “el día que triunfó la Democracia”.

Para los ecuatorianos que estamos en la otra orilla, irónicamente la idea no es descabellada, consideramos que el 30-S efectivamente es el día que triunfó la democracia, ¿o no es un triunfo este gran proceso de desenmascaramiento de una parodia de revolución, en la que no creemos? Y es que a cambio de las migajas que da a tantos huérfanos de ingresos que hay en el país, se ha asegurado que tiene un gran respaldo, pero es un respaldo ficticio, porque si quita esas migajas al lumpen desde luego que es él quien va a quedar huérfano del calor popular del que presume y que se ha ido desvaneciendo en estos meses, no nos olvidemos que el 23-F ya tuvo su primera derrota electoral.

Hablemos del día que le duele en su monumental orgullo al intocable de la ínsula absurdistana. A la oposición, de ser verdad que Rafael Correa fue rescatado limpiamente de un supuesto “secuestro”, le sería muy difícil hablar de aquel día, pero fue justamente el 30-S de 2010 que muchos ecuatorianos descubrieron la farsa y empezaron a levantar la voz contra el que parecía ser un Gobierno impoluto, un Gobiernob que no estaba conectado con aquellas prácticas inmorales que supuestamente caracterizaron al pasado.

Es decir, estamos diciendo que sí nos gusta hablar del 30-S, que no hay razones para rehubir de un tema en el que el adversario de la democracia demostró talones de Aquiles. Es que fue aquel día que sus gestos teatrales, su provocación a la tropa policial, su exagerada prepotencia para aparentar una valentía digna de un cartón de Marvel, le hicieron perder no solo el respeto de algunos uniformados, sino que desdibujaron su imagen de hombre que quiere hacer un cambio y este no puede darse escribiendo una página en la que la verdad y la mentira están confabulados.

Empecemos por la verdad: existió malestar policial y militar. Al recinto policial acudió el Presidente de la República, pese a que el Comandante de la policía le anticipó que la tropa estaba exaltada y que no había ambiente para ningún discurso político.

Tras su desmesurada o exaltada provocación: “dispárenme si son hombres, mátenme pues si son hombres”, efectivamente recibió unas dos cucharadas del caldo que estaba buscando, las cuales de ninguna manera se compadecen con la dignidad que ostentaba, pero él se olvidó que estaba provocando a seres humanos y no a robots a los que podía manipular o paralizar con la sola magia de un control.

Entre las idas de mano de los policías estuvo el uso de las bombas lacrimógenas, el presidente y sus guardaespaldas fueron ingresados en el Hospital de la Policía (el Mandatario iba cargado en hombros de tres o cuatro hombres de su seguridad), donde fue atendido.

Mobmentos más tarde, tanto Freddy Ehlers y Gustavo Jahkl señalaron que el país debe estar tranquilo, que Ecuador no ha perdido en ningún momento el accionar de su gobernante, “que no estaba secuestrado sino solamente era atendido hasta salir de un principio de asfixia”.

Las mentiras que reconocemos a simple vista de aquel día son las siguientes:

No sabemos en qué momento vino la “genialidad”, la inspiración y una estrategia con franquicia cubana o venezolana, cuando el ministro favorito, Ricardo Patiño dijo que el Presidente va a retirarse del Hospital como se debe, “con dignidad”, eso en buen romance significaba que tal como se habían dado los hechos Correa había hecho el ridículo y que había que armar un escenario que parezca que él sale de una traición policial a la epopeya de su libertad, con valentía colosal, como un héroe que necesitaba los balcones de la Plaza de la Independencia.

De pronto empezaron a hablar de secuestro, que los policías mantenían secuestrado al mandatario. ¿Cómo? Si durante todas las horas previas a ese rescate en el que cayó sangre inocente el que estaba dando discursos a las radios e instrucciones a los ministros era justamente el omnipresente gobernante que ahora era objeto de un gran operativo militar, que representó varios pasos seguidos por los medios del país, con minutos de disparos y la muerte de algunos ciudadanos, entre ellos el valiente sargento Froilán Jiménez, quien recibe un disparo asesino, un crimen que indigna no solo a su familia sino al país.

Inbclusive un allegado a la víctima más visible del 30-S llegó a declarar que la muerte de Froilán “ocurrió por un capricho del Presidente de querer salir como héroe del hospital”. Todos aquellos que vimos ese cambio de las autoridades, del alivio de la tarde y primeras horas de la noche, en las que el Presidente era atendido, a la sorpresiva operación nocturna de rescatarle del “secuestro” no queda otra salida que la condena a un recurso que jamás había utilizado la partidocracia en su larga noche neoliberal, un engaño de ese tamaño que incluye el involucramiento al ausente en los incidentes, Lucio Gutiérrez, a quien el mandatario del absurdo culpó de ser la mente gris detrás del secuestro.

Gutiérrez que estaba en Brasil, durante la elección de Dilma Rouseff, a su regreso si bien dio la cara y jamás ningún estamento gubernamental se atrevió a detenerlo, pecó de ingenuo al simplemente insultar con generalidades a Correa, en lugar de proponer una rueda de prensa para explicar a los medios por qué no era el autor intelectual de semejante desastre.

Los medios independientes han descartado que Gutiérrez tuviera que ver con aquello que provocó el mismo Presidente, pero el coronel no tuvo la cabeza fría para describir convincentemente que efectivamente nada tuvo que ver y sus insultos al supuesto “secuestrado” no llegaron sino a convencer que “desde luego este político odia a nuestro amado presidente”, quedando muy opacas, muy frágiles sus aclaraciones.

Pensar que Gutiérrez, un militar, haya tenido tal habilidad para manipular la bmentalidad de los policías y llevarlos a un supuesto atentado es pensar que estamos abnte una mentalidad más allá de persuasiva, influyente y ese no es el caso. El coronel es otra víctima, pero más víctima de sus propios yerros, de su falta de formación para desvanecer la patraña, antes que del increíble argumento correísta.

Solo ahora que ha pasado el tiempo, cuando miran fríamente la película del 30-S, los que descubren que se fraguó un engaño, se suman a la oposición. El razonamiento ha llegado un poco tarde, pero es mejor que si ocurriera que no llegara nunca. La democracia está triunfando y el 30-S nos ayuda a valorar lo auténtico versus la perversa mentira.

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